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German ARCE ROSS. París, 1ro de noviembre de 2016.

Referencia bibliográfica (toda reproducción parcial, o cita, debe estar acompañada de las menciones siguientes): ARCE ROSS, German, «Los Factores rosas de la homosexualidad y de otras condiciones de goce», Nouvelle psychopathologie et psychanalyse. PsychanalyseVideoBlog.com, París, 2016.

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Pink factors in homosexuality and in other conditions of jouissance

What can psychoanalysis say on psychic causation of homosexuality, bisexuality, hypersexuality, and asexuality? These conditions of jouissance have an intrinsic relationship between them or they don’t have nothing to do with one another? One is born gay or the hypothesis of the genetic cause is wrong? If there is no genetic causes for conditions of jouissance, how and where we can to locate the psychic causality of these problematics? To what extent can we speak of reversibility, fluidity and malleability and how precisely to define the causal factors of these conditions of jouissance?

 

Les Facteurs roses dans l’homosexualité et dans d’autres conditions de jouissance

Que peut dire la psychanalyse au sujet de la causalité psychique de l’homosexualité, de la bisexualité, de l’hypersexualité et de l’asexualité ? Ces conditions de jouissance ont-elles une relation intrinsèque entre elles ou elles n’ont rien à voir l’une avec l’autre ? On naît gay ou l’hypothèse de la cause génétique est erronée ? S’il n’y a pas de causes génétiques pour les conditions de jouissance, où et comment pouvons-nous situer la causalité psychique de ces problématiques ? Dans quelle mesure peut-on parler de réversibilité, de fluidité et de malléabilité et comment définir avec précision les facteurs de causalité de ces conditions de jouissance ?

 

I Fattori rosa nell’omosessualità e nelle altre condizioni del godimento

Che cosa può affermare la psicoanalisi in merito al soggetto della causalità psichica dell’omosessualità, della bissessualità, dell’ipersessualità e della asessualità? Queste condizioni di godimento hanno una relazione intrinseca o non hanno niente a che vedere una con l’altra? Si nasce gay o l’ipotesi della causalità genetica è erronea? Se non riscontriamo causalità genetiche per le condizioni del godimento, dove e come possiamo situare la causalità psichica di queste problematiche? In che misura si può parlare di reversibilità, di fluidità e di malleabilità e come definire con precisione i fattori della causalità di queste condizioni di godimento?

 

¿Qué puede decir el psicoanálisis sobre la causalidad psíquica de la homosexualidad, de la bisexualidad, de la hipersexualidad y de la asexualidad? ¿Tienen estas condiciones de goce una relación intrínseca entre ellas o no tienen nada que ver una con otra? ¿Se nace gay o la hipótesis de la causa genética está equivocada? Si no hay causas genéticas para las condiciones de goce, ¿dónde y cómo podemos situar la causalidad psíquica de estas problemáticas? ¿En qué medida se puede hablar de reversibilidad, de fluidez y de maleabilidad y cómo definir precisamente los factores causales de estas condiciones de goce?

Antes de lanzar nuestra discusión, me parece necesario anotar que las observaciones que siguen provienen de casi 30 años de experiencia clínica no sólo con pacientes neuróticos de varios tipos, con problemáticas de duelo y eventos de pérdida, con disturbios de la alimentación, con rupturas de pareja, con disturbios relacionados al amor patológico y con familias que tienen graves conflictos transgeneracionales, con sujetos psicóticos más que nada maniaco-depresivos, sino también con pacientes homosexuales, bisexuales, hipersexuales y asexuales. Incluso he recibido algunos hijos o nietos de personas homosexuales, bisexuales o hipersexuales.

También es importante subrayar que yo no tengo ningún conflicto de intereses porque estas condiciones de goce no hacen parte de mi vida personal, no tengo por eso ningún interés ideológico relacionado con estas prácticas sexuales, no tengo ninguna creencia o práctica religiosa que se oponga a ellas de antemano, ni tampoco ninguna militancia política o asociativa que me aporte intereses sociales o materiales para contestarlas o afirmarlas. Sólo me anima el deseo de analizar las problemáticas de la psicopatología actual, cualesquiera que éstas sean. Es decir que mis observaciones no están basadas en opiniones personales ligeras o ideológicamente interesadas, sino que están fundamentadas en una labor clínica cotidiana y en una reflexión analítica, neutra y profundizada.

 

lickLa Secuencia de hipersexualidad, bisexualidad, homosexualidad y asexualidad 

Un moralismo parareligioso sex-identitario

En general, los pacientes homosexuales, bisexuales, hipersexuales y asexuales vienen raramente con el pedido, al menos explícito, de dejar de lado sus prácticas sexuales. Probablemente porque, según el espíritu de nuestro tiempo, ese pedido no sería “societalmente” bien visto. Al contrario, sería más bien percibido casi como algo inmoral para los sex-identitarios que, aún sin que ellos mismos se den cuenta que lo son, abundan en varios sectores de la sociedad.

No olvidemos que los grupos de intereses sex-identitarios se configuran como vectores de un hipermoralismo que tiene tanto o más fuerza de atracción que el hipermoralismo religioso, no sólo para individuos frágiles sino también para la opinión pública en general, la cual está un poco lejana a los enredos de estas cuestiones. Este hipermoralismo parareligioso, porque contiene principios emocionales y produce reacciones fanáticas, puede ser la explicación para ese fenómeno tan especial según el cual muchas veces los grupos sex-identitarios fanáticos y los grupos religiosos extremos se detestan entre sí, oponiéndose uno al otro con una moralidad tan feroz e intolerante que una equivale curiosamente a la otra. Pero esto ya nos llevaría a considerar otros problemas.

Lo que frecuentemente estos pacientes sí piden es que uno les ayude a reducir los excesos relacionados con sus goces sexuales o a resolver problemáticas conexas donde estas prácticas sexuales tienen una presencia indirecta. En muchos de esos casos, yo los ayudo a que vivan sus preferencias sexuales e íntimas de manera más relativa, es decir no perversa, no hipersexual y no identitaria. Es obvio que muchos pacientes homosexuales no cambiarán nunca su condición de goce y esto está muy bien así, si lo desean y si lo viven sin conflictos. Ellos pueden vivir de manera adecuada y progresar en la vida como cualquier otro ser humano de orientación heterosexual. De todos modos, el hecho de que los pacientes persistan en su elección sexual o la cambien, no es mi problema. Mi problema es de ayudarles a problematizar el tema y a hacer que cada vez busquen en esa problemática lo que ellos realmente desean y no lo que les dicta el goce o lo que les imponen las identificaciones imaginarias, simbólicas e ideológicas como cualquier moralismo sex-identitario.

Parece que para los lobbies sex-identitarios es fundamental que la homosexualidad y la bisexualidad sean consideradas como genéticas. Porque eso equivaldría, según ellos, a homologar y a institucionalizar estas condiciones de goce como verdaderas identidades sexuales. Y esto es lo que es absurdo y propiamente perverso en términos sociales, o sea el hecho de crear identidades ficticias, completamente artificiales, fundadas sobre el goce. Eso es en parte lo que yo llamo la perversion social.

El problema, sin embargo, es que en psicología clínica, en psiquiatría y en psicopatología psicoanalítica no se debe intentar adaptar las observaciones clínicas a un sistema ideológico preestablecido. Más bien, a la inversa, son los resultados clínicos los que nos van a guiar, aunque la observación del psicoanalista, su postura en la transferencia, la presencia masiva o fluctuante del deseo del analista, su transferencia en suma, así como sus puntos de vista en general, pueden naturalmente influenciar de cierta manera en el valor de los mismos. Es decir que esto ya implica una parte importante de la subjetividad del investigador en los datos que él colecta. O sea que en psicología y en psicoanálisis la objetividad total no existe.

Pero es justamente por esa misma razón que hay que tener cuidado para no llegar a sobrecargar con ideologías innecesarias los datos y los resultados, porque si no ya estaríamos en el medio de una absoluta subjetividad fantasmática. No se debe, pues, confundir el estilo del psicoanalista, o sus puntos de vista en relación con la escuela que él está creando con sus trabajos, su ejercicio clínico en general, por un lado, con la aplicación pura y simple de un sistema de valores morales identitarios, con intereses ideológicos y con posiciones político-societales, por otro lado.

Simplemente, para mí es evidente que los datos que recojo de mi práctica clínica cotidiana con homosexuales, bisexuales, hipersexuales y asexuales, hombres y mujeres, me muestran que lo que dicen los lobbies sex-identitarios, apoyados por algunos psicólogos y psiquiatras que satisfacen de esta manera sus anhelos “subversivos”, no corresponden de ninguna manera a lo real de la experiencia.

Si estas cuestiones comenzaran antes del nacimiento, para mí no cambiaría mucho puesto que eso no querría decir que son forzosamente genéticas. ¿Por qué? Porque la vida psíquica no comienza con el nacimiento sino desde el periodo del embarazo. O incluso hasta mucho antes de la concepción, ya al menos en el deseo tan especial de la madre por un hijo y en los fantasmas en donde este deseo puede encontrar cabida. Es decir en la infancia precoz de la madre e incluso en la parte oscura de la infancia precoz de la madre (o del padre).

Pero la hipótesis sobre las causas genéticas de las condiciones de goce es sólo una especulación. Lo que sí podríamos eventualmente estudiar, en otra ocasión, son las condiciones de la vida intrauterina así como el deseo de la madre antes de la concepción. Por ahora, sin embargo, creo que no necesitamos ir por ese rumbo. Porque la experiencia real de la casuística nos trae ya suficientes elementos para no tener que ir a buscar las explicaciones ni en la vida psíquica intrauterina, ni aún menos en la genética médica.

 

echangismeAlgunos brotes heterosexuales en el análisis de la hipersexualidad

Volviendo a lo que incita a estos pacientes a pedir ayuda al psicoanálisis, hay que subrayar que en el proceso psicoanalítico la queja inicial no tiene necesariamente relación con lo que llamamos la demanda. El pedido de ayuda, como resultado de la queja, se reabsorbe progresivamente en el síntoma analítico aunque sin equivaler a éste. El síntoma y la demanda analítica van mucho más allá del pedido inicial y de la queja consciente. Es por esta razón que, sin darse cuenta, sin hablar explícitamente de eso, de manera a veces muy natural, la parte fluida de la orientación sexual se hace presente a veces de manera impresionante y haría avergonzarse a muchos heterosexuales que nos creemos bombas sexuales con nuestras parejas. Me parece que, claro está, el deseo del analista, que lógicamente no es el mismo según un analista o un otro, tiene mucho que ver en éste despertar de la parte hasta ahora inexplorada de la libido del paciente homosexual, bisexual, hipersexual o asexual.

Tengo así muchos casos de pacientes hombres y mujeres dichos homosexuales que, sin pedir cambios en el sentido de su condición de goce, acaban cambiando ésta en el curso del análisis, sea por una heterosexualidad transitoria o permanente, sea por una heterosexualidad equilibrada o finalmente concreta, como si fuese algo muy natural y sin hacer alharaca.

Así, por ejemplo, un joven bisexual, que se había progresivamente convertido en homosexual exclusivo, presentó una experiencia heterosexual impresionante durante un periodo bastante largo hacia el final de su primer análisis.

Lo que yo llamo aquí bisexualidad no es la coexistencia en un mismo sujeto de una tendencia masculina y una otra femenina que serían rasgos o inclinaciones tan importantes la una como la otra para su personalidad. Lo que yo llamo aquí bisexualidad es, más bien, la cohabitación de prácticas heterosexuales con una pareja, por un lado, con prácticas homosexuales con uno o varios otros partners casuales, por otro lado.

Sin embargo, ya mucho antes de volverse homosexual exclusivo y de comenzar su análisis, este joven, además de bisexual, fue casi siempre hipersexual. Al comienzo de su vida sexual, durante un largo tiempo, mantuvo una relación amorosa con una joven mujer con que la que vivió en pareja. Pero, al mismo tiempo, estableció durante años una relación continua aunque clandestina con un hombre maduro, casado y con hijos.

Este analizante se decidió a consultar porque sus antiguas prácticas bisexuales e hipersexuales ya no le traían la misma satisfacción e incluso le provocaban graves conflictos. A raíz de eso, su vida sexual se había reducido a prácticas homosexuales completamente anómicas y trans-límites (Arce Ross, Asexualité, homoparentalité et événements trans-limites, 2013). Frecuentaba los bares gays y participaba, en los backrooms, en encuentros sexuales fugaces y brutales con partners anónimos a los que prácticamente no veía y con los que ni hablaba. Dejando poco a poco de lado su bisexualidad, se fue convirtiendo entonces en hipersexual.

still-1_c_showbusiness_film_limited-1024x576Lo que yo llamo aquí hipersexualidad no quiere decir que el sujeto hace todo el tiempo el amor con uno o con varios partners a los que tomaría cada uno a su vez. De todos modos, la idea de hacer el amor en estos casos ni existe ni se nombra ni se define ni se declina de esta manera. Lo que yo llamo hipersexualidad quiere decir que el deseo sexual, así como el acto y el goce —sin importar que sean específicamente heterosexuales, homosexuales o bisexuales— se vuelven algo así como graves obsesiones, complementadas por una intensa tendencia a las adicciones sexuales. En la hipersexualidad, se trata así de relaciones sexuales excesivamente numerosas, sin sentimientos recíprocos, sin búsqueda de comprensión y son más bien actos efímeros, anónimos, frecuentemente bruscos o brutales, que dominan y hacen depender al sujeto de un goce excesivo que se vuelve poco a poco sadomasoquista.

Por el momento, podemos decir que la hipersexualidad se manifiesta según tres modalidades que se ordenan de la siguiente forma. En primer lugar, puede existir lo que yo llamo la sexualidad asistida por pornografía, tanto de manera individual como en pareja. Esta actividad sexual puede evolucionar hacia la masturbación compulsiva, hacia una disminución importante de la sexualidad en la pareja y, con el tiempo, incluso hasta la asexualidad total (Arce Ross, Masturbation compulsive et addiction à la pornographie, 2015). En segundo lugar, tenemos al intercambismo, o lo que se llama la practica del swing, que muchas veces comienza con parejas que apelan a una tercera persona para participar en su intimidad. Eso sería como una sexualidad asistida por terceros y puede evolucionar, gradualmente, hacia casos de humillación de la pareja y hasta crímenes de venganza pasional como en la película Lunas de hiel (1992) de Roman Polansky. En tercer lugar, el sujeto, habiendo pasado a veces por las primeras dos etapas, llega a desarrollar la versión hipersexualista por excelencia que es la ninfomanía o la satiriasis en el marco psíquicamente peligroso de relaciones sadomasoquistas (Arce Ross, Sadomasochisme, perversion extrême et forclusion de la féminité, 2014).

En la larga secuencia ordenada que, me parece, comienza con la hipersexualidad y va pasando en algunos casos por la bisexualidad y por la homosexualidad o por la hiperhomosexualidad, se puede llegar tanto a los dramas de vínculo como a la pedofilia y hasta a los crímenes de origen pasional (venganza, celos) como, a la inversa, a una asexualidad total, o casi total, como necesidad suprema de cortar el progreso hiperpatológico y la profunda dependencia sexual.

enhanced-buzz-28339-1362117917-13En efecto, la asexualidad es siempre una perspectiva posible en la secuencia de estas condiciones de goce, como un más allá del exceso de goce, en él mismo o en la familia, que el sujeto ya no puede asumir más. La asexualidad no quiere decir que el sujeto no acostumbra o no tiene posibilidades o tiene algún obstáculo para practicar el sexo. El asexual no es ni eyaculador precoz ni impotente ni incluso abstinente. Lo que le falta no son los medios o lo material. Lo que le falta es sobretodo el deseo sexual ya que éste no se encuentra ni reprimido ni forcluido, sino que está completamente disminuido (Arce Ross, Asexualité et événements trans-limites, 2013).

cake_is_better_than_sex___asexual_wallpaper_icon_by_aseofdiamond-d9jtolcComo sabemos, los pacientes psicóticos no están en general interesados, o lo están muy poco, en la práctica sexual, salvo evidentemente el sujeto maníaco-depresivo que vive sus fases maníacas con un valor de sensualidad exagerada. Muy fácilmente, por falta de deseo sexual, los sujetos psicóticos se vuelven naturalmente asexuales o atraviesan largos periodos de asexualidad. Eso, claro está, no quiere decir de ninguna manera que los asexuales sean sujetos psicóticos. Lo que ocurre es que, para el sujeto psicótico, la relación sexual puede implicar angustias insoportables. Entonces, se mantiene, de manera prudente y de preferencia, al margen.

Hay varios casos en los que, llegando a buenos resultados con pacientes psicóticos, es decir ayudándolos a desarrollar fundaciones para futuras suplencias, consiguen estos desear tener una pareja y se ponen realmente a buscarla. Esto ocurre cuando, gracias al psicoanálisis, hemos prácticamente dejado de lado las angustias que acompañaban al sujeto en este campo.

También existen periodos de asexualidad en pacientes que no son psicóticos, como el caso de sujetos que pasan por una asexualidad transitoria durante un periodo de duelo o el caso de hipersexuales que han llegado al máximo de lo que la actividad compulsiva o sadomasoquista puede aportarles como goce.

La fluidez, la maleabilidad e incluso la reversibilidad de las condiciones de goce hipersexual, bisexual, homosexual y asexual —que algunos dicen fijas para la eternidad y de las cuales algunos psicólogos o psiquiatras creen descubrir en fin las causas fuera de la genética—, no me sorprenden para nada porque yo las percibo en muchos de los casos tratados hasta ahora. ¿Cuáles serían entonces las evidencias de que no hay causas genéticas y de que sí hay reversibilidad en estas condiciones de goce?

 

sxi4aetAusencia de causas genéticas y reversibilidad

Sobre la cuestión de la fluidez, de la maleabilidad y de la reversibilidad de las condiciones homosexuales de goce, Lacan ya había dicho que «lo que es formidable es que a los homosexuales no se les cura, a pesar de que ellos sean absolutamente curables» (Lacan, 1957-1958). Muchos estudios recientes, datos de la clínica psicoanalítica así como testimonios de la experiencia espontánea de sujetos que se autodenominan como ex-gays aportan los mismos resultados. Pero, vayamos directamente a las cuestiones preliminares sobre las causas de estas condiciones de goce.

 


No se nace gay ni bisexual ni hipersexual ni asexual

Hoy en día, hay investigadores que comienzan a afirmar, desde hace algunos años, que la homosexualidad no tiene ninguna causa genética y que la idea de que se nace homosexual (o bisexual o hipersexual o asexual) es una mera ilusión, lo que lógicamente no me sorprende para nada. Así, como lo anuncian nuevas publicaciones, «ocho grandes estudios de gemelos idénticos en Australia, en los EE.UU. y en Escandinavia, durante las dos últimas décadas, llegan todos a la misma conclusión: los homosexuales no han nacido de esa manera» (Ellis, 2014).

Para William Byne, los orígenes de la homosexualidad han sido un tema de intenso debate desde que el concepto de orientación sexual surgió, a partir de la reconceptualización de los sexos que se produjo durante el siglo XVIII en el norte de Europa. En 1993, según Byne, algunos «estudios […postulaban] factores biológicos como la base principal de la orientación sexual. Sin embargo, no hay ninguna evidencia actual que apoye una teoría biológica, así como no hay tampoco ninguna evidencia convincente para sustentar una explicación psicosocial. Pero, a partir del momento en que todo comportamiento debe tener un sustrato biológico mínimo, el atractivo de las explicaciones biológicas actuales de la orientación sexual puede derivar más de la insatisfacción de las explicaciones psicosociales actuales que de un cuerpo contundente de datos experimentales. Una revisión crítica muestra la falta de una teoría biológica. En un modelo alternativo, temperamentos y rasgos de personalidad interactúan con el entorno familiar y social cuando surge la sexualidad del individuo. Debido a la idea de que tales rasgos puedan ser hereditarios o de que su desarrollo pueda estar influenciado por hormonas, el modelo predice una aparente heredabilidad distinta de cero para la homosexualidad, sin necesidad de que cualquiera de los genes o de las hormonas influya directamente en la orientación sexual per se » (Byne, 1993, 1994). Como se nota, Byne intenta, como tantos otros, hacer existir, a como dé lugar, una eventual causa genética aunque esta no pueda ser probada. Incluso, hace depender los “rasgos y temperamentos psicosociales” de una base hormonal o genética. Muchos de los organicistas animados por las ideologías de los grupos sex-identitarios intenta así modificar los resultados de las investigaciones para que estas coincidan con la hipótesis genética. Aunque es verdad también que Byne reconoce que las causas genéticas nunca han sido evidenciadas y no pueden ser probadas.

De la misma manera, una investigación de Bailey y Richard Pillard con gemelos idénticos en los casos de homosexualidad admitía ya, en 1991, que «aunque la homosexualidad masculina y femenina parece ser al menos algo hereditario, el medio ambiente también debe ser de importancia considerable en sus orígenes» (Bailey & Pilard, 1991). Un poco más tarde, en un estudio sobre el hipotálamo, Simon Levay (1991) dijo que «es importante hacer hincapié en lo que no he encontrado. Yo no he podido probar que la homosexualidad sea genética. No he podido mostrar que los homosexuales nazcan así, como tampoco he podido localizar ningún centro gay en el cerebro» (Nimmons, 1994). A su vez, la asociación de padres, familiares y amigos de lesbianas y gays (PFLAG), una de las organizaciones pro-homosexuales más grandes de USA, explicó en esa época que no había pruebas contundentes de que las personas nazcan homosexuales, en su folleto «¿Por qué preguntar por qué?» (PFLAG, 1995). Por su lado, Blanchard y Bogaert tampoco encontraron ninguna correlación entre la atracción hacia personas del mismo sexo y la hipótesis de la transmisión hormonal intrauterina (Blanchard & Bogaert, 1996).

Avanzando realmente en el tema, Peter Bearman, del Institute for Social and Economic Research and Policy de la Universidad de Columbia, y Hannah Brückner, del Departamento de Sociología de la Universidad de Yale, en un estudio con más de 5 mil pares de gemelos, demostraron finalmente que la atracción hacia personas del mismo sexo era común sólo para el 7,7% en el caso de los hombres y sólo para el 5,3% en el caso de las mujeres (Bearman & Brückner, 2002). Lo que son cifras aún más bajas que en el otro estudio conducido por Bailey y al., realizado en Australia dos años antes, en el que la concordancia de atracción hacia el mismo sexo entre los gemelos idénticos había sido de 11% para los hombres y de 14% para las mujeres (Bailey & al, 2000).

Por otro lado, también hay que subrayar que, para Peter Bearman y Hannah Brückner, existen muchos más heterosexuales ex-gays o ex-bisexuales que la cantidad total de homosexuales en la actualidad (Bearman & Brückner, 2002). Sobre la cuestión de los ex-gays, ya en 2007, en otra investigación importante, Stanton Jones y Mark Yarhouse concluyeron que para los homosexuales es realmente posible cambiar sus atracciones físicas y que tales esfuerzos para lograr un cambio no parecen ser psicológicamente dañinos (Jones & Yarhouse, 2007). Esta investigación pionera ha sido considerada por los especialistas de ambos lados del debate como la más rigurosa y metodológicamente como la más seria realizada hasta la fecha. En todo caso, me parece necesario hacer resaltar que nuestro trabajo psicoanalítico no debe ser ni “afirmativo”, es decir para autorizar o reforzar la homosexualidad, ni tampoco “reparativo”, o sea para revertir sin su consentimiento un sujeto homosexual en heterosexual. Estos cambios, en un sentido o en su contrario, deben ser espontáneos, deben tomar como brújula el deseo del sujeto y deben transitar por los caminos formados por lo que se va poco a poco desvelando del inconsciente.

Es sobretodo en estos últimos años que la ciencia encuentra evidencias de que no hay causas genéticas en este tema. Así, en octubre de 2015, el biólogo molecular Tuck C. Ngun, de la Universidad de California, informó que en el estudio del material genético, por un lado, de 37 pares de gemelos varones idénticos pero discordantes, es decir que nacieron con la misma huella genética pero que en cada par uno sólo de los gemelos era homosexual y, por otro lado, otros 10 pares que eran ambos gays, no consiguieron desentrañar qué genes estaban asociados con la homosexualidad. Los estudios sobre el ADN de gemelos en donde al menos uno es homosexual parten de la evidencia que si la homosexualidad fuera una tendencia innata, o sea si fuese establecida por los genes, dicha atracción debería ser idéntica en los gemelos monocigóticos. Eso quiere decir que si los gemelos tienen ADN idénticos, deberían ser idénticos en la orientación sexual al 100%. Puesto que sólo el 20% de los gemelos idénticos son ambos gays, este resultado lleva a los investigadores a creer que debe haber causas que no se heredan (Ngun, 2015).

Por su lado, para responder igualmente a esta interrogante, Neil Whitehead afirma, como los otros estudios mencionados, que la hipótesis del origen genético de la homosexualidad es desmentida por los resultados de su investigación. Según él, «si un gemelo idéntico tiene atracción por el mismo sexo, la posibilidad de que su gemelo tenga la misma atracción es sólo del 11% para los hombres y del 14% para las mujeres, aproximadamente». Y concluye, por lo tanto, que «nadie nace gay» y que «los factores predominantes que crean la homosexualidad en un gemelo idéntico y no en el otro deben ser factores post-parto» (Whitehead, 2016).

Como yo mismo lo sustento a partir de mi trabajo clínico y como lo han observado otros psicologos, psiquiatras y psicoanalistas antes de mí, Neil Whitehead afirma también que, en términos genéticos, fisiológicos, funcionales, la orientación sexual no es fija sino fluida, es decir que ella puede variar, cambiar, según las circunstancias de la vida. Él nos relata algunos casos de conversión de la heterosexualidad en homosexualidad como también, al revés, « cambios espontáneos de homosexual a heterosexual» (Whitehead, 2016).

Igualmente, en la version 2014 del manual de la Asociación Americana de Psicología, Lisa Diamond concluye diciendo que «contrariamente a la creencia popular según la cual los individuos con atracciones exclusivas al mismo sexo representan el “prototipo” de las minorías sexuales y que los que tienen patrones de atracción bisexual son excepciones poco frecuentes, lo cierto es exactamente lo opuesto. Los individuos con patrones no exclusivos de atracción son indiscutiblemente la “norma” y aquellos con atracciones exclusivas al mismo sexo son la excepción» (Diamond, APA Handbook, 2014). Vemos aquí que la bisexualidad es la que predomina y encuadra a la homosexualidad, de tal manera que, potencialmente, el sujeto puede oscilar del mismo sexo al sexo opuesto.

A ese respecto, la psicóloga californiana Laura Haynes enfatiza que tanto el DSM-V de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA, Diagnostic and Statistical Manual, Fifth Edition, p. 455) como el Manual de la Asociación Americana de Psicología (Diamond, APA Handbook, v. 1, 2014, p. 744) reconocen ambos que «la identidad transgénero fluctúa y que la inmensa mayoría de los menores con “disforia de género” acaban finalmente por aceptar su sexo cromosómico» (Haynes, 2016). Laura Haynes afirma también que «curiosamente, la Asociación Americana de Psicología ha guardado silencio sobre algunas investigaciones que muestran que crecer sin tener a uno o a ambos de los padres biológicos, especialmente al padre que es del mismo sexo que el niño, está potencialmente relacionado, de manera causal, con el hecho de desarrollar atracción por el mismo sexo o tener disturbios en la identidad al propio sexo (Frisch & Hviid, 2006; Francis, 2008; Udry & Chantala, 2005). Si la indisponibilidad de los padres puede tener tales efectos para algunos individuos, ¿por qué queremos tomar tan a la ligera la posibilidad de que la falta de disponibilidad emocional de los padres, y especialmente del padre del mismo sexo del niño, pueda tener efectos similares para otros? » (Haynes, 2016).

Por todas esas razones y por los estudios elaborados hasta 2014, la idea según la cual “se nace gay” es para Diamond un «mito» y en sus conclusiones ella afirma de manera clara que la homosexualidad es fluida y maleable (Diamond, 2008, 2013) y que, por eso mismo, puede cambiar y sin duda es reversible (Hodges, 2016).

Se puede también obtener más información interesante sobre este tema en el trabajo de Lawrence Mayer y de Paul McHugh, respectivement epidemióloga y Jefe de Psiquiatría du Johns Hopkins Hospital, trabajo intitulado «Sexuality and Gender. Findings from the Biological, Psychological, and Social Sciences», publicado en 2016. En ese trabajo, los autores afirman que, definitivamente, «no se nace con una orientación sexual fija»  (Mayer & McHugh, 2016).

 

La Homosexualidad es una de las múltiples condiciones de goce de la heterosexualidad

De todas maneras, en cuanto a sus causas posibles, como a sus modalidades de manifestación y de modificación eventuales, hasta ahora no tenemos ninguna razón para separar a la homosexualidad de otras condiciones de goce que pertenecen a la heterosexualidad, como la bisexualidad, la hipersexualidad y la asexualidad. Como bien lo dice Freud, «la investigación psicoanalítica rechaza terminantemente la tentativa de separar a los homosexuales de los demás humanos como un grupo diferentemente constituido» (Freud, 1905, p. 784). En muchos casos se observa que un sujeto puede alternar entre una modalidad y otra de estas condiciones de goce, aunque también se puede cristalizar de manera perenne y exclusiva en una sola. En todo caso, existe como una familiaridad fenomenológica y estructural entre estas cuatro posibilidades de goce. Incluso, según Freud, como tantos otros comentadores después de él, «el sujeto [homosexual] puede haber expulsado de su memoria, por represión, las pruebas de sus anteriores sensaciones heterosexuales» (p. 780). Eso nos lleva afirmar, sin lugar a dudas, que la homosexualidad, de la misma manera que las otras prácticas sexuales mencionadas, pertenece al campo de la heterosexualidad.

En ese sentido, los fantasmas, los sueños, los miedos y las fobias normales de homosexualidad pueden manifestarse en el proceso de maduración o de desarrollo psicosexual del muchacho y de la muchacha heterosexuales, de manera más o menos aguda según los casos. Hay veces incluso en que estos fantasmas y miedos llevan al joven a experimentar intercambios homosexuales que les sirven de ersatz para ir más tarde a la conquista de las mujeres. Y en una minoría de casos ocurre un periodo de homosexualidad transitoria que se revierte más tarde en heterosexualidad exclusiva. Aunque estas dos últimas modalidades sólo se dan en casos en donde ya existe alguna perturbación importante del proceso psicosexual. Y sólo en una ultra-minoría de casos existe una homosexualidad exclusiva desde el comienzo y durante toda la vida sexual del sujeto, salvo si el paciente efectúa una psicoterapia o un psicoanálisis. Son únicamente estos últimos casos a los que casi todos los psiquiatras, psicólogos y psicoanalistas llamamos homosexuales. Sin embargo, como acabamos de ver, estas observaciones implican que la homosexualidad, tanto en términos fantasmáticos positivos (curiosidad) o negativos (miedos) como en términos de experiencias transitorias o alternas e incluso perennes, pertenece completamente a la heterosexualidad.

Ahora bien, ¿cuáles serían los elementos que nos llevarían a identificar las causas psíquicas de la homosexualidad, de la bisexualidad, de la hipersexualidad y de la asexualidad?

 

screenshot20150628at110302ampng-3632237_p9Gemelidad, rivalidad o ausencia del padre

El Mimetismo de los “gemelos idénticos” en las parejas de homosexuales

Como hemos visto, es curioso que los universitarios consacren tanta energía y tanto tiempo a buscar un mítico “gen gay” en hermanos gemelos idénticos, como si esta “gemelidad” se diera de manera misteriosa y subterránea en la realidad. Pero, de una cierta manera, talvez haciendo uso de un poco de pensamiento mágico o, más bien, apelando a una cierta percepción o intuición psicológica, ¿no tienen estos investigadores suficientes razones par hacerse una pregunta aparentemente tan absurda? Porque, efectivamente, ¿no es verdad que de cierta manera estas cuestiones se perciben en la realidad de la sociedad hoy en día, aunque, claro está, la explicación sea muy diferente de la genética? Es decir, ¿no existe en esas comunidades sex-identitarias una gran tendencia a la uniformización, a la gemelización, a la fabricación de identidades artificiales que hasta se puede observar en las transformaciones antropológicas del cuerpo humano?

Digo esto, porque justamente, de manera muy frecuente, se puede hoy en día avistar en las calles de las ciudades occidentales varias parejas de gays que actúan y se visten casi como hermanos gemelos idénticos. Tienen a veces la misma edad y hasta la misma estatura, llevan las mismas ropas y los mismos accesorios (anteojos, bolsos, bufandas, etc.), tienen el mismo corte de pelo o la misma calvicie, el mismo bigote o la misma barba, actúan y se comportan de manera idéntica y sincrónica con los mismos rasgos, los mismos movimientos y los mismos gestos, con una rigidez o una cadencia equivalentes, con centros de atención semejantes y reacciones emocionales parecidas. Van a los mismos lugares, frecuentan las mismas playas, los mismos bares y restaurantes, los mismos barrios que deben ser identitariamente “friendly”. Es tan evidente el mimetismo en esas parejas y grupos de amigos homosexuales o bisexuales que parece que han nacido juntos y que aceptan y asumen ser “gemelos idénticos”. De una cierta manera son como “hermanos” que conforman un gran familia, aunque sin padres ni hijos ni abuelos, todos “hermanos gemelos”. Siendo tan diferentes de las parejas hombre-mujer en general, se puede fácilmente deducir que ellos se identifican radicalmente a un amor de lo Mismo en una inédita y neo-liberal identidad dual.

Lógicamente, nadie osaría considerar que tal mimetismo o identificación a lo Mismo en esas parejas pudiese tener un origen biológico o una causa genética. Porque se trata de una gemelidad imaginaria y de una construcción aparente y artificial de “identidad” que tienen una base puramente psíquica e intersubjetiva, aunque provocan también ciertos efectos, por vía de identificación al goce, en lo real del cuerpo. Cuando existe ese nivel de identificación tan alto en algunas parejas —como en las que yo he llamado parejas reclusas o secta-a-dos en el caso de las parejas maníaco-depresivas por ejemplo—, el cuerpo de cada uno puede reaccionar, modelarse, optar por funciones nuevas y modificarse progresivamente hasta asemejarse y sincronizarse, de forma impresionante, con el cuerpo del otro. Y esta modificación, adaptación y cristalización psicosomáticas no tienen, sin embargo, como ya dijimos, nada que ver con orígenes genéticos ni con causas biológicas.

Se trata más bien de procesos equivalentes de identificación a una identidad imaginaria que animan, o han animado, a algunos grupos como los hippies, los punks, los metals, los góticos, las “wa-lolita”, las “yamamba” o las “kawaii” niponas, etc. Salvo que en este caso se trata de parejas que además conforman no sólo un simple grupo de identificación, o un movimiento sociocultural, sino que pertenecen a una comunidad de identidad adhiriendo masivamente a intereses especiales que los distinguen de todo el resto de la sociedad. Pero estos sujetos no son, en el fondo, realmente diferentes ni en estructura ni en fenomenología, ni en deberes ni en derechos, ni en orígenes ni en destinos, de los otros sectores de la sociedad. Es por esa razón que no debemos creer en ideologías sex-identitarias extremas que intentan reunir estos sujetos en “identidades” ficticias, creadas en función de goces muy particulares, aunque fetichizados, que en el fondo pertenecen a la heterosexualidad.

 

18pamhipf3t2sjpgEl padre hermano o el padre rival es, en el fondo, el padre ausente

Una de la causas anotadas desde Freud, siempre ha sido y aún lo es la ausencia de un modelo masculino enérgico en la relación con el niño en los primeros años de su infancia. Así, en «Los Tres Ensayos sobre la teoría sexual», cuando Freud estudia la etiología de la homosexualidad, sitúa sobretodo «la intimidación sexual precoz» y la «ausencia de un padre fuerte» (p. 785) como factores preponderantes.

Estos factores que vienen del padre tienen varias modalidades de aplicación que varios autores han estudiado después de Freud.

En primer lugar, está la ausencia moral paterna que puede existir en la relación de amor y de rivalidad atrofiada entre el padre y el hijo como si los dos fueran “hermanos”. Esta gemelidad padre-hijo hace quedar fuera de juego la función psíquica del padre simbólico pero con una suplencia imaginaria completamente inútil y patógena. En estos tipos de familia no se construye el patriarcado necesario a la cultura occidental y humana en general sino un tipo de “fratriarcado”. Este es uno de los riesgos de las familias monoparentales, riesgos que se han incrementado de manera exponencial en las nuevas familias homoparentales, en donde dos hombres en pareja con hijos funcionan como hermanos mayores y los hijos como hermanos menores.

El fratriarcado que produce esta gemelidad positiva de padre a hijo puede implicar en una intimidación precoz del hijo en su relación con el otro sexo. Esta gemelidad la llamamos positiva porque se establecen relaciones “democráticas” u “horizontales”, es decir no jerárquicas, entre padre e hijo como si los dos fuesen amigos o más bien hermanos casi idénticos que actúan en un mismo plano.

En segundo lugar, se puede hablar de la inversión de la relación de paternidad en la que el padre se vuelve hijo de su hijo o, mejor dicho, hermano menor de su hijo (o del hijo de su homo-pareja). Esta relación, diferente a la gemelidad positiva, puede presentar todas las características de la gemelidad negativa, es decir una rivalidad impresionante en la paternidad imaginaria porque el hijo, a como dé lugar, intenta zafarse de la tendencia del padre (o de la homo-pareja del padre) que quiere ponerlo en una “fratría” que no corresponde a la realidad.

En tercer lugar, tenemos la ausencia de cuerpo o la ausencia simbólica del modelo masculino o incluso las ausencias transitorias intercaladas con presencias violentas, en la posición del padre cuando se relaciona, o cuando rehuye a relacionarse, con su hijo. Es también esta modalidad que hace decir a algunos autores lo difícil que puede ser par un hombre mantener su papel de padre y cuánto puede ser nefasto para los hijos si no se cumple de manera adecuada. Así, por ejemplo, para Guy Corneau, «la firma del padre ausente se encuentra en la fragilidad de la identidad masculina de sus hijos» (Corneau, 2003, p. 53). Esto vá en el sentido en que, según Corneau, la ausencia del padre produce un complejo paterno negativo que consiste en una falta de estructura interna. También, más cerca de nosotros, Giancarlo Ricci considera que «un padre que, sin ocupar el lugar simbólico que le pertenece, se sitúa por ejemplo a su vez como hijo, como amigo o como hermano, pone en acto las condiciones para que el niño carezca de un modelo masculino» (Ricci, 2013, p. 122).

La principal idea de la cual partimos ahora es que tanto el padre hermano como el padre rival equivalen al padre ausente y que esta situación puede traer graves consecuencias para la identidad sexual y la orientación sexual del hijo. La cuestión es saber bajo qué circunstancias se agencia este terrible declive del padre que nos viene desde la primera mitad del siglo XX.

Luego de estas consideraciones tan interesantes que nos permiten identificar el lugar intersubjectivo en que ocurren los problemas relacionados con las condiciones de goce, ¿cómo podemos entonces definir y analizar los factores de la causalidad psíquica en la homosexualidad, en la bisexualidad, en la hipersexualidad y en la asexualidad?

 

crazyO la madre le hace la ley al padre o es víctima de su violencia

La ley de la madre “en el momento decisivo”

En principio, hemos notado los siguientes elementos que vienen desde los trabajos de Freud, de Lacan, de algunos otros psicoanalistas post-freudianos y post-lacanianos así como también de mis propias observaciones. Estos elementos tienen que ver sobretodo con la relación a la madre, al padre e incluso a la pareja de los padres. De esta manera, en primer lugar, se puede hablar de una preeminencia afectiva exagerada de la madre o del hecho que, en presencia del padre o no, la madre ocupa de manera absolutista el rol del padre. En segundo lugar, se vería a un padre ausente o que no efectúa su rol de transmisión del modelo masculino o que lo hace, al contrario, de manera exagerada, violenta y obligatoria, lo que incurre al final en el mismo trastorno de transmisión masculina. En tercer lugar, habría que añadir una problemática íntima en la alcoba de los padres, tanto en términos de déficit de deseo sexual como de excesiva felicidad íntima entre ambos.

Como crítica, se podría decir que estas consideraciones son muy amplias o muy generales, porque, si seguimos seriamente las causas que el psicoanálisis propone para la psicopatología, prácticamente todos los rubros de ésta estarían mediados o provocados por estas tres instancias que serían la madre, el padre y la pareja de los padres. Es decir que utilizar de esta manera tan genérica la causalidad psíquica de la homosexualidad no nos dice específicamente cuál aspecto de la vida de la madre, cuál aspecto de la vida del padre y cuál otro de la pareja de los padres sería realmente operacional y de qué forma. Evidentemente, según nuestro punto de vista, estos tres elementos pueden y deben ser aprovechados para el análisis de las causas de las condiciones de goce. Pero siempre sabiendo que de los múltiples aspectos que componen la vida psíquica de la madre (o del padre), algunos han podido quedar activos, es decir han podido quedar a la espera de una transmisión directa al hijo (o a la hija), o incluso han podido quedar a la espera de una transmisión indirecta por vía de la pareja de los padres.

Después de Freud, es más que nada en función de los elementos que tienen que ver con la vida psíquica de la madre y del padre que Jacques Lacan trabajó cuando se interesaba a la psicopatología de la homosexualidad. Así, por ejemplo, él dice sobre la clínica del obsesivo que «contrariamente a lo que se dice por ahí, los padres sí tienen que ver [con la transmisión del modelo obsesivo]. No es por nada que se es obsesivo» (Lacan, Les Formations de l’inconscient, p. 401). Y más precisamente en el caso de los homosexuales, según Lacan, «hay antes que nada una relación profunda y perpetua hacia la madre. [Ella habría tenido], según la media de los casos, una función directora, eminente, en la pareja de los padres y se habría encargado mucho más del hijo que del padre. […] Yo creo que la llave del problema del homosexual es ésta: si el homosexual, con todas sus nuances, le da un valor predominante al objeto bendito al punto de convertirlo en una característica absolutamente exigible de la pareja sexual, es en tanto que, de cualquier forma, la madre le hace la ley al padre […]. Es la madre la que se encuentra en la situación de haberle hecho la ley al padre en el momento decisivo» (Lacan, les Formations de l’inconscient, 1957-1958, pp. 207-208).

¡Hacerle la ley al padre en el momento decisivo! Esta es una de las coordenadas que, durante la segunda mitad del siglo XX, permite que la madre, figura subterránea del angustiado poder femenino, se imponga a la ilusión del “dominio masculino” convirtiendo al hijo en un ser que con las mujeres no puede, no quiere, no osa, no va y a las que renuncia a tomar como objetos sexuales. Y «en el momento decisivo» querría decir que es en el momento en que el niño va formando su bagaje masculino para que, en la pubertad o un poco más allá, pueda atravesar la barrera angustiante, pero al mismo tiempo excitante, del espacio en donde uno puede relacionarse íntimamente con las mujeres. No necesariamente, al comienzo, se trata verdaderamente de “mujeres” de carne y hueso sino, al menos, por el momento, pueden ser sólo “mujeres” en el sentido de objetos conceptuales del fantasma y del deseo masculino, encarnado, aún mejor, en los lazos inconmensurables y a veces insostenibles del amor por una mujer.

 

shutterstock_76968136La Violencia del padre y la mujer víctima 

Estas cuestiones sobre la madre en su relación con el padre y con el hijo, no como mujer sino como madre en ambos casos, nos llevaría a estudiar más detenidamente la posición del padre en su rol de transmisión de lo masculino al hijo. Hay, por ejemplo, posturas en las que el padre ha dejado enfriarse las relaciones con la madre, al punto de ya no tratarla nunca más como mujer. O al contrario, tenemos los casos en los que el padre esta muy enamorado de la madre, lo que no siempre lleva al mismo resultado de homosexualidad en el hijo, como bien lo dice Lacan igualmente en Las Formaciones del Inconsciente (Lacan, 1957-1958).

Eventualmente, hemos también hallado casos en los que, en un grave y largo conflicto conyugal entre los padres, han habido terribles maltratos de los hijos por el padre. Y esto, con o sin violencias físicas y psicológicas igualmente a la madre. En estos casos, evidentemente, no es porque el padre es violento que él ha ocupado el rol que le incumbe. Muy por el contrario, en estos casos, ha habido una reversión de la encarnación de la ley del Padre en la familia, de tal manera que ésta pasa de la persona del padre hacia la madre. Y muy frecuentemente por intervención de la justicia, el padre violento ha sido obligado a abdicar de su función lo que no va sin consecuencias psicológicas en el desarrollo psicosexual del hijo. Porque el padre como modelo masculino ha sido disminuido considerablemente. Pero igualmente porque frente a esta situación, la madre adquiere un poder fantástico, exagerado, que la pone casi en un altar. Y, por otro lado, ese poder suplementario y artificial que le viene del exterior a la madre, se basa en una posición de “mujer víctima del hombre violento”. Se llega así a la fórmula fija según la cual, en el marco de las relaciones eróticas entre hombres y mujeres, se vuelve la mujer víctima de la violencia del hombre. Es decir que las violencias conyugales hacen que se configure un fantasma inherente a los maltratos del hombre sobre la mujer y que se articula en la fórmula de Una mujer es forzosamente víctima de un Otro malo (Arce Ross, Ni Una menos ni el Otro malo, 2016). El problema es que, partiendo de las violencias de vínculo en la pareja, el fantasma de Una mujer siempre víctima de un Otro malo podrá dominar no solamente la vida sexual de una mujer sino también, bajo ciertas condiciones, la de su hijo varón.

Esta doble existencia de la madre, por un lado, con un poder exagerado sobre un hombre que ha sido humillado y disminuido por una falta grave y, por otro lado, su posición de mujer víctima en las relaciones eróticas con el hombre, no le permiten simbólicamente poner en práctica una postura femenina atrayente en relación al hijo.

En estos casos, el hijo recibe igualmente un doble mensaje que le impide posicionarse como un hombre pacífico frente a una mujer que no sea víctima. En otras palabras, es como si el hecho de posicionarse como hombre frente a una mujer equivaldría forzosamente a ser violento como el padre y a tener una mujer paradójicamente siempre víctima y fálica como la madre, lo que obviamente de ninguna manera sería aceptable para él. Si es así, eso nos indicaría el hecho de que todos los homosexuales son, en el fondo, heterosexuales que se ignoran, pero heterosexuales inconscientemente contrariados.

Es en ese punto del doblaje de la problemática en donde debemos ubicar los otros elementos que conforman la causa psíquica de la homosexualidad. Podríamos preguntarnos, ¿de dónde le viene la energía o de dónde saca fuerzas la madre para hacerle la ley al padre? ¿Cuáles son los factores que, a pesar de su relación con el padre, le impulsan a acapararse del hijo como si éste fuese una muñequita y no un hombre?

 

key_visual-1Disminución de la sexualización de padre y madre

La violencia física y psicológica del padre sobre la madre y sobre los hijos, así como la doble reacción paradoxal de la madre que la exagera como madre y la disminuye como mujer, sólo se observa, de manera evidente, en algunos pocos casos de homosexualidad. Eso sí, cuando ocurre, este elemento es bastante importante y hace que padre y madre sean drásticamente disminuidos, respectivamente, como hombre y como mujer.

Así, por ejemplo, una joven homosexual que, habiendo vivido escenas terribles de violencia del padre contra la madre e incluso contra los hijos pero nunca contra ella, se asume en sus relaciones eróticas como “el Otro malo que violenta a una mujer víctima”. Es así como, en todas sus relaciones amorosas, le insulta, le pega y la domina violentamente a su pareja mujer. Ella misma dice que si fuese un hombre hubiera sido muy violento, hubiera sido un hombre que maltrata, humilla, domina y hasta viola a las mujeres. A la inversa, para ella, el solo hecho de imaginarse con un hombre es algo que le produce un profundo disgusto, muchísimo asco y un horror insoportable. Imposible para ella ser, aunque sea sólo en pensamiento, “la mujer víctima de un hombre violento”.

Pero, lógicamente, este elemento de las violencias entre padre y madre, por más potente y concreto que sea, no es suficiente para promover la fabricación de una posición homosexualizada. Sin embargo, cuando ocurre y si está intrínsecamente relacionado con las posiciones eróticas (estrictamente de pareja hombre-mujer), puede hacer que la versión sexualizada según el propio sexo  y en relación al sexo opuesto se vuelva muy difícil de asumir. Es por eso también que hablamos de ello, porque nos ayuda a visualizar mejor los otros elementos en causa.

Sin embargo, el verdadero factor que nos interesa no es exactamente la violencia conyugal ni la violencia familiar sino la disminución de la sexualización de padre y madre. O sea que, por causa de la violencia o de otro factor equivalente que ya veremos más adelante, el hijo se encuentra frente a una disminución bastante grave de la feminidad y de la masculinidad, respectivamente, en las relaciones de la madre y del padre entre ellos y, más que nada, en las relaciones de cada uno de ellos con el hijo.

De hecho, la violencia de padre y madre es algo tan sensible y visible, como obstáculo posible a la heterosexualidad del hijo, que nos ayuda a entender mejor lo que sería un obstáculo equivalente a ella. En realidad, un obstáculo equivalente puede ser aportado por la madre o por el padre (o por los dos) sin que ellos lo sepan, sin que ellos puedan darse cuenta. Es por eso que no es una culpa y a veces ni una responsabilidad de la madre o del padre, sino que, más bien, es un vector de transmisión inconsciente. Además, las vías de transmisión transgeneracional son múltiples, complejas y entrecruzadas según provengan en intensidades, en amplitudes y en frecuencias diferentes de los tres vectores ya mencionados, o sea que hay una convergencia siempre desigual entre el sustrato patógeno que viene de la familia de la madre, el que pertenece a la familia del padre y el oscuro y misterioso sujeto de la pareja de los padres con el que cohabita desde siempre el hijo.

Ser tratado como una muñeca por una madre fálica o ser tratado como un príncipe por una madre-mujer-no-toda, es decir por una madre que le transmite al hijo el deseo de buscarse una mujer como pareja, no es lo mismo. El primer cuadro va en el sentido de una angustia en posicionarse en lo masculino, junto con la tentación de una identificación al falo imaginario de la madre para contener a una angustia femenina desbordante, lo que le llevaría a una versión pasiva en las relaciones homoeróticas. El segundo cuadro lleva, al contrario, a una afirmación firme y sólida aunque talvez también un poco excesiva de lo masculino.

Ser tratado de manera indiferente por un padre sexualmente humillado, ausente o disminuido en su capacidad masculina de padre y si se tiene además una madre fálica, por una parte, o ser tratado como un descendiente ansiosamente esperado que conquistará el mundo por un padre serenamente anclado en lo masculino y si se tiene también una madre no-fálica, por otra parte, definitivamente, no es lo mismo para un hijo. El primer cuadro va en el sentido de una enorme inhibición de lo masculino, inclusive hasta más fuerte que a partir de la relación angustiante con la sola madre fálica. El segundo, al revés, hace despertar en el hijo las bases necesarias para tomar las riendas seguras, excitantes y aventureras de la masculinidad.

Ser espectador de terribles violencias conyugales entre los padres, de violencias contra un hermano del mismo sexo o de la indiferencia erótica en la alcoba de los padres, por un lado, o ser espectador de una pareja completamente o relativamente pero dialécticamente amorosa en los padres, sin violencias y sin sus equivalentes psíquicos, por otro lado, no es lo mismo para la asunción de lo masculino en el hijo (Arce Ross, Violence du couple parental, danger sexuel pour l’enfant, 2013). El primer cuadro, como en el fantasma freudiano de «Pegan a un niño» (Freud, 1919), conduce al hijo a construirse un goce masoquista femenino así como a volverse fóbico de cualquier intimidad sensual con el sexo opuesto. El segundo cuadro, le permite al hijo el deseo y el saber inconsciente de funcionar como padre simbólico para otros y, para empezar, de las mujeres en general y, en particular, de la mujer amada.

Sin duda alguna, aquí estamos hablando de la potencialidad de una parte oscura que todos podríamos tener, pero que tenemos de manera muy diferente y con contenidos muy diferentes según nuestras historias familiares y según las asociaciones conyugales que formamos en nuestra vida amorosa. En el caso particular de la asociación de pareja entre la madre y el padre del sujeto homosexual, las partes oscuras de cada padre se articulan de manera específica y están compuestas también por contenidos específicos para este destino de goce sexual.

Entonces, en los casos de violencia entre padre y madre o, en su defecto, es decir en los casos en los que realmente no se dan estos fenómenos de violencia sino un otro obstáculo equivalente, ¿cuál sería el elemento que relaciona el factor de bloqueo, o cuál sería el elemento que relaciona la parte oscura de la vida de la madre (o del padre o de la generación anterior), con la posición sexualizada del niño con su propio sexo?

 

633817920032413940-sadomasochismFalta transgeneracional de lo femenino y de lo masculino

Poco a poco estamos diseñando la serie factorial de la causalidad psíquica de la homosexualidad y de la bisexualidad en tres grandes rubros que están dialécticamente relacionados entre sí.

En primer lugar, hemos tratado rápidamente del hilo ontogenético psíquico que opera en las relaciones directas e indirectas de padres a hijo según se trate de la parte oscura en la madre, en el padre o en ese Otro misterioso que constituye la pareja de los padres. El hilo ontogenético comprende los eventos causales psíquicos, principalmente relacionales, que son vividos desde la gestación, en la vida intra-uterina, durante la infancia y hasta en la adolescencia del hijo, tales como las violencias conyugales en los padres o las violencias de los padres sobre algunos de los hijos. Pero estos eventos no son necesariamente ni siempre ni exactamente las violencias familiares sino, en verdad, todos los eventos que, de manera equivalente, representan obstáculos para la sexualización diferenciada en el ejercicio de las relaciones de padres a hijos y entre los padres.

Como eventos equivalentes a las violencias familiares, presentes en el hilo ontogenético, podemos hablar de ciertos cambios bruscos en la vida habitual de la familia, como las pérdidas de familiares importantes, comenzando por los padres, o la presencia de una relación clandestina en la vida amorosa de uno de los padres. Estos eventos procuran un desequilibrio desconocido para el niño o para el adolescente haciendo que la parte oscura de la vida de la madre, del padre o de la pareja de los padres forme una presencia extraña y sumamente desagradable que acompañará desde ahí al hijo.

Lo esencial del hilo ontogenético es que produce una desexualización diferenciada en los padres, es decir una disminución muy importante de lo femenino en la madre, una disminución muy importante de lo masculino en el padre o una disminución muy importante de la presencia de lo masculino y de lo femenino en la pareja de los padres.

En segundo lugar, podríamos tratar de algunos factores causales auxiliares que, sin estar directamente relacionados con el ejercicio de las funciones sexualizadas de los padres hacia los hijos, vienen a colaborar en la cristalización de la posición homosexualizada, bisexualizada o hipersexualizada del niño o del adolescente. Estos factores auxiliares se sitúan en accidentes o en una serie de accidentes o en eventos equivalentes y además pueden eventualmente poseer un componente sexualizado exterior a la relación entre padres e hijo. Por ejemplo, en muchos casos hemos observado que estas posiciones han ocurrido a partir de ciertos accidentes domésticos o deportivos o en incidentes familiares o sociales, en la niñez y en la adolescencia, que cambian totalmente la relación que hasta entonces tenía el hijo con sus padres o con uno de ellos. Este es un tema muy interesante que estudiaremos más adelante.

En tercer lugar, debemos considerar los eventos que tienen que ver con problemáticas muy específicas que vienen bajando en cascada desde algunas generaciones anteriores y que componen el hilo filogenético, o más bien transgeneracional, de la causalidad psíquica. Utilizamos aquí el término de filogénesis no para hacer referencia a una psicogenética en función de la especie humana, sino en el sentido de la transmisión entre las generaciones en una familia. Esencialmente, estos factores causales de base producen una profunda disminución, una devaluación y sobretodo una humillación de la posición femenina en las mujeres de la familia, así como lo equivalente en la posición masculina de los hombres en la familia. Esto puede ser percibido tanto en la línea familiar de la madre como en la del padre y están activamente presentes, de manera inconsciente, en la parte oscura de la vida íntima de la madre, así como a veces igualmente en la del padre.

La devaluación diferenciada de la sexualización proviene, en general, de una gran falta, de un gran escándalo, de un acto o de una serie de actos cometidos o vividos por un personaje ancestral y que tienen un valor vergonzoso o de culpa para las generaciones venideras. El valor de falta, a veces muy grave, en los eventos incidentales o accidentales de esas generaciones, comporta además una connotación sexual muy clara. En esa falta transgeneracional del homosexual varón se encuentran específicamente las figuras —talvez un poco borrosas o un poco modificadas, pero bien activas aún— de mujeres que han sido heridas, profundamente humilladas y consideradas como no aptas ni para el comercio sexual ni para la experiencia de amor.

Sobre las cuestiones de la cristalización de estas condiciones de goce, hay que señalar que existen circunstancias intersubjectivas de la vida actual del sujeto en las que estos tres factores causales, o sea el filogénico, el ontogénico y el auxiliar, se encuentran concatenados y forman un nudo final de inhibición, angustia y horror fóbico al comercio sexual con el sexo opuesto. Es el caso de eventos que hacen representar o reactualizar los accidentes o los incidentes con connotación sexual de las generaciones anteriores.

Ahora bien, ¿cómo podemos describir y definir de manera más precisa le verdadero factor psíquico, que es filogénico o transgeneracional, el cual representa el zócalo inconsciente de la parte oscura de los tres vectores de transmisión ontológica del sujeto homosexual? ¿De qué manera tendría éste que ver con las figuras femeninas heridas, profundamente humilladas y desconsideradas?

 

femme-tondue-02Humillación de lo femenino como objeto sexual

Un homosexual taciturno, siempre solo, sin familia ni pareja y con una libido tan baja que se juzga impotente, después de varios fracasos amorosos, dejó hace mucho tiempo de buscar relaciones eróticas con los hombres, algo que nunca tuvo tampoco con mujeres. Muy observador y racional, este hombre se da cuenta muy bien del valor causal de algunos periodos y eventos de su vida. Él nos habla de las mujeres profundamente humilladas en su familia, eventos que comenzaron con la experiencia amorosa de una de sus abuelas.

Durante la guerra y la ocupación alemana en Francia, algunas mujeres francesas tuvieron relaciones de pareja con oficiales del ejército nazi, no con el objetivo de colaborar con el enemigo y obtener así beneficios sino porque simplemente se enamoraron. Lamentablemente, en el momento de la Liberación de París, algunos sectores de la población se lanzaron a vengarse contra ellas. Esta llamada «depuración» consistió en humillar públicamente a estas mujeres y sólo a ellas, no por haber colaborado con el enemigo sino únicamente por haberse enamorado y por haber tenido relaciones sexuales con los alemanes. La humillación consistió en desvestirlas en público, insultarles y pegarles, pero sobretodo en raparles completamente la cabeza.

femme-tondue-017-jpgEl objetivo de esos procedimientos violentos y chocantes era condenar la libertad del ejercicio amoroso de las mujeres, quitándoles los signos de la feminidad como son la prestancia, el respeto, la dignidad y la sensualidad de la cabellera. Más tarde, igualmente sus hijos fueron considerados como «hijos de la vergüenza» y esto fue un sufrimiento terrible para esos niños que la única culpa que tuvieron fue de haber nacido del amor de sus padres. Entre la penosa experiencia de la condena pública y el sufrimiento de sus hijos, estas mujeres quedaron marcadas para siempre por una profunda humillación silenciosa en lo más íntimo de su condición de mujeres.

El padre de este paciente fue uno de esos niños con origen “vergonzoso” y su abuela, una de esas mujeres profundamente humilladas en su feminidad durante la Liberación. La otra abuela sufría, al contrario, de hipersexualidad. Tuvo muchísimos amantes, no sólo antes de casarse sino incluso durante su matrimonio con un hombre débil y sin carácter con el que tenía más una relación de amistad y comprensión que de amor y sexualidad. Ninguno de los abuelos tenía tampoco suficientes rasgos psicológicos de virilidad. El abuelo paterno porque estaba siempre debilitado y enfermo. Y el abuelo materno porque sufría de una profunda depresión por la muerte accidental de una de sus hijas.

En efecto, siendo aún muy joven, una tía de nuestro paciente se mató en un accidente automovilístico. Fue por eso que, cuando su madre quedó embarazada de él, deseó que naciera niña y, durante su primera infancia, su madre lo vistió y lo trató como una niña. El accidente de la tía ocurrió luego después de que su padre la castigara duramente por haber tenido relaciones íntimas con su primo hermano. De esta manera, el accidente mortal hizo que la falta sexual de la hija recayera sobre el padre, como si él hubiese incurrido en una gran falta, como si la muerte de la hija fuese por culpa del padre. Una otra gran falta del padre se sitúa en las violencias que él ejercía con el otro hijo, el cual se volvió asexual.

En este caso tan especial se ha podido también identificar un ejemplo de lo que decía más arriba sobre los factores auxiliares. Aquí, uno de esos factores auxiliares es un accidente doméstico en la primera infancia. De una cierta forma, por descuido de la abuela, el niño sufre quemaduras importantes en la ingle, muy próximas a los órganos sexuales. Luego de este accidente, él siempre pensó desde muy niño que por esa razón no podría nunca tener relaciones sexuales con las mujeres.

En este caso, todas las figuras femeninas por las dos ramas de su familia conducen a la idea de que las mujeres están imposibilitadas para las cuestiones sexuales, principalmente por haber sido profundamente humilladas o discapacitadas en su función sexuada. Una abuela a la que humillaron públicamente, una otra abuela hipersexual que le quema el pene, una tía que comete una falta moral y se mata accidentalmente, su madre que prefiere al hermano y lo trata como niña…

Y por el lado de los hombres, están también todos disminuidos en su masculinidad: un abuelo demasiado pasivo y siempre enfermo, el otro abuelo depresivo a quien la mujer le sacaba la vuelta y que se sentía culpable por la muerte de la hija, su padre que fue niño de la “vergüenza” y violento con uno de sus hijos y su hermano mayor que siempre fue asexual más por convicción que por deseo.

En la medida en que las mujeres de su familia se habían convertido para él en personas peligrosas y profundamente humilladas y que el comercio sexual con ellas tenía un valor vergonzoso, este paciente nunca pudo realizar los intensos deseos sexuales que tuvo durante la adolescencia por otras mujeres. El obstáculo psicológico era más fuerte y tuvo que desmentir estos deseos y desviarlos hacia el propio sexo. El miedo de ser heterosexual se sustentó en una tensión entre la vergüenza del deseo femenino y la falta de un modelo masculino sólido en los abuelos, en el padre y en el hermano mayor. Este miedo a volverse heterosexual, es decir este miedo fóbico al sexo femenino, está muy presente en la clínica de la homosexualidad y cuando se le refuerza al sujeto para que atraviese esta fobia, se pueden observar, de manera sorprendente, pasajes efímeros o perennes a la heterosexualidad.

Los elementos citados en este caso son bastantes espectaculares y sin duda excepcionales. Evidentemente, en los casos de homosexualidad, en general, los factores causales no se dan así de manera tan visible. Pero, sin duda, hay muchos casos en los que existen elementos equivalentes aunque más discretos y, sin embargo, con el mismo potencial patógeno. De esta manera, en esos casos vuelven siempre los mismos temas o casi los mismos eventos, como, por ejemplo, las relaciones amorosas clandestinas de uno de los padres con una persona muy próxima a la familia: una empleada doméstica, una vecina o un vecino, un amigo o una amiga que frecuenta regularmente la casa, etc. Pero, ¿cuál sería esa clase de eventos recurrentes tan importantes que dan su substancia a los factores causales?

 

violenceLas Fratrías frente a las faltas sexuales graves de los adultos

Los factores hasta aquí mencionados no nos estimulan ni a pensar siquiera en una remota causa genética para la homosexualidad, la bisexualidad, la hipersexualidad y la asexualidad, porque los factores psíquicos son suficientes en cantidad y en calidad para considerar que pueden lógicamente representar las causas de estas condiciones de goce. Entonces, para completar nuestro estudio, debemos tratar de un otro factor psíquico que es también bastante recurrente.

Existen varios casos de algunas fratrías en las que todos o casi todos los hermanos, hombres y mujeres, aunque sin ser gemelos se vuelven homosexuales o bisexuales. Aquí, la tendencia sería grande de considerar en primer lugar la hipótesis de las causas genéticas, si no tuviésemos conocimiento de los principales eventos psíquicos de la familia como base de estas condiciones de goce. Así, por ejemplo, podemos mencionar el caso de una fratría en la que los dos hermanos y las dos hermanas se volvieron homosexuales, en el momento de la pubertad o más adelante durante la adolescencia.

Gran libertino y comerciante de películas porno, el padre fue siempre un déspota con su mujer, a la que sometía, humillaba y hasta obligaba a tener relaciones sexuales con él y con otros hombres delante de él. Este padre tuvo una infancia muy difícil y penosa, más que nada por la frialdad en que fue educado por su madre después de la muerte precoz de su padre. También fue muy violento principalmente con uno de sus hijos, el primero que zanjó el camino de la homosexualidad entre los hermanos. Más tarde, ese hijo tuvo también una relación incestuosa, amorosa y sexual con uno de sus hermanos durante la niñez de este último. Nuestro paciente fue el único de los hermanos que no sufrió directamente las violencias del padre. Fue sólo un espectador.

Un otro evento impactante fue la reacción emocional y afectiva de la madre ante las violencias del marido. Habiendo tenido una infancia muy sufrida por causa de una madre sumamente fría y dura con ella, esta mujer, tocando un punto de humillación muy fuerte con el hombre al que aún amaba, fue poco a poco encontrando consuelo con la empleada de la casa. Se enamoró perdidamente de ella y tuvieron una relación amorosa durante mucho tiempo. Demás está decir que esta relación homosexual servía también, secundariamente, como venganza para tentar humillar al marido en su virilidad. Pero, al final, quien se humillaba cada vez más era ella misma.

Para completar el cuadro y sellar definitivamente la condición de goce de nuestro paciente, hay un otro elemento muy importante. Cuando este tenía 9 años fue el blanco de la seducción de un adulto muy próximo a la familia. Los actos pedófilos duraron varios meses y el chico sintió amistad, amor y hasta placer sexual con ese adulto.

Aquí podemos percibir que todos los factores causales que habíamos ya mencionado antes se encuentran presentes, de manera impresionante, salvo el elemento auxiliar como esos que son accidentales. Probablemente porque en vista del potencial de los factores ya presentes, un factor auxiliar no hubiese sido realmente necesario en este caso.

Progresivamente, el adolescente fue experimentando periodos de heterosexualidad y de bisexualidad hasta convertirse en un homosexual exclusivo. Eso sí, como en el caso de sus hermanos, su homosexualidad es anómica, desvariada, sin límites ni reglas. Por eso, podríamos decir que cada uno de los hermanos de esta fratría conserva en su modalidad amorosa la historia íntima de la pareja de los padres, así como los elementos de injusticias importantes vividos en la niñez de los padres. Estos elementos de sufrimiento psíquico y sexual de las generaciones anteriores se han convertido, paradójicamente, en condiciones de goce para los hijos.

Tenemos, igualmente, el caso de un bisexual de 30 años que sufría de dependencia a las drogas, al sexo y al alcohol y que también fue víctima, a los 8 años, de juegos y cariños pedófilos de la parte de un amigo de su madre. En su caso visualizamos, del mismo modo, cómo las figuras de padre y madre, en varias generaciones, quedaron profundamente disminuidas en términos de masculino y de femenino y fueron a situarse como vectores de faltas sexuales graves.

En efecto, su padre, al que su mujer y madre del paciente sacaba la vuelta con otros hombres, era dependiente de películas pornográficas porque, probablemente, había abdicado desde mucho tiempo atrás de las relaciones sexuales con mujeres en carne y hueso y con su esposa en particular.

Su madre, que murió cuando el paciente tenía apenas 18 años, fue una mujer maníaco-depresiva con ataques de manía sexual desenfrenada, al mismo tiempo que atravesaba largos periodos de bipolaridad de anorexia y bulimia. Ella nació de la relación incestuosa entre su madre y su abuelo. Es decir que, en la generación anterior a la de la madre, un padre cometió incesto durante varios años con su hija de apenas 14 años. A los 18 años, esta niña quedó embarazada de su propio padre. La niña que nació, que es la madre de nuestro paciente, era así hija de un padre que al mismo tiempo era su abuelo materno.

También podemos hacer referencia al caso de un otro paciente de 35 años que tuvo que vivir muy joven varios eventos trágicos. Primero, la muerte de su madre en un accidente aéreo. Antes de que ella muriera, él ya había comprendido que su madre tenía varios amantes compensando así el hecho de que su marido, el padre de nuestro paciente, le sacaba la vuelta con la empleada de la casa. El accidente aéreo ocurrió cuando su madre viajaba de vacaciones en compañía de uno de sus amantes. Lamentablemente, en segundo lugar, el padre no soportó el sentimiento de culpabilidad y el remordimiento por haber actuado de manera tan ligera con las mujeres, dentro de las cuales su esposa, y acabo suicidándose.

Años más tarde, cuando nuestro analizante tenía 17 años, se enamoró de una chica muy guapa y agradable. Se vieron algunas veces y comenzaron a nacer sentimientos que enmarcaban también deseos sexuales muy fuertes entre ambos, sin que sin embargo haya todavía ocurrido nada entre ellos. Iba a ser finalmente la inauguración de una experiencia íntima que hubiera podido hacerle desarrollar sus pulsiones heterosexuales. Marcaron entonces una nueva cita, un fin de semana, para viajar juntos a un balneario cercano. Pero, lamentablemente, a la hora en que habían quedado, un viernes al caer de la tarde, la chica no se presentó a la cita, ni dió noticias. Muy decepcionado por esta falta de cortesía o por lo que él creía ser una falta de reciprocidad, se fue a dormir. Pero, al amanecer, una amiga de ambos lo llamó para contarle, desesperada, que la chica que le gustaba no pudo llegar a la cita porque, en el trayecto, murió instantáneamente en un accidente de tránsito.

Para uno de estos analizantes, prácticamente todas las mujeres y todos los hombres de las últimas tres generaciones de sus familias o eran sexualmente disminuidos o habían cometido faltas sexuales muy graves. Para el otro, fueron más bien sus padres y la chica que le gustaba que, al morirse ellos de manera brusca y trágica, no sólo lo abandonaron sino que también le mostraron las “faltas graves” que hombres y mujeres cometen en las cuestiones sexuales y amorosas. Estas faltas sexuales graves les quitaron, de manera radical y precoz, el deseo de relacionarse íntimamente con personas del sexo opuesto. Este punto, ubicado precisamente en las faltas sexuales graves de algunos personajes importantes de la familia o del entorno, me parece fundamental para explicar el factor causal de la fabricación transgeneracional de la homosexualidad y de las otras condiciones de goce.

Frente a una situación familiar de este tipo, ¿cómo encontraríamos lugar para pensar siquiera en una improbable causa genética? Las razones familiares, relacionales y psíquicas son contundentes y es más bien por esa vía que tenemos que definir los factores causales precisamente operantes. ¿Cuáles serían entonces estos factores causales?

 

14875101_1152286101532679_325850147_n-2Los Factores rosas como causalidad psíquica de algunas condiciones de goce

¿Cómo caracterizar a los factores rosas?

En mis trabajos sobre la psicología clínica actual y la nueva psicopatología en general, no tomo los significantes como meros conceptos lingüísticos abstractos o vacíos de substancia. Sino que considero que están sobrecargados y conectados, por representación saturada, a ciertos eventos fundamentales de la vida intersubjetiva que hilan tramas singulares, conscientes o inconscientes. Nuestra lógica no sólo toma en cuenta los significantes y la relación al objeto a, sino que también se interesa por un tercer aspecto entre los dos. Esta cuestión se refiere a eventos intersubjectivos actuales o ancestrales que han estado presentes en las generaciones anteriores y que constituyen tanto el medio, como el canal y hasta el material mismo de la transmisión transgeneracional inconsciente.

En mi análisis sobre el desencadenamiento de la psicosis maníaco-depresiva he formulado mi concepción de lo que yo llamo los factores blancos. En algunos otros trabajos, he estudiado también los factores de cristalización en las problemáticas de la anorexia y de la bulimia, sin darles hasta ahora un nombre específico. Más recientemente, me he interesado al aspecto psíquico de la vida intrauterina y he podido así definir lo que llamo los factores translúcidos. Por su parte, en el tema que nos ocupa actualmente, es decir en el de la causalidad psíquica de la condición de goce homosexual y bisexual, podemos identificar los elementos principales o los eventos intersubjetivos que componen el hilo filogénico con el término de factores rosas.

Estos factores son denominados rosas —mientras que en algunos países de América Latina serán denominados factores rosados—, no porque son suaves, delicados o de antemano sexualmente híbridos, sino porque tienen que ver con la parte oscura, anómica y desvariada de las prácticas sexuales. Y esto, tanto en la presencia excesiva como en la situación lamentablemente sufrida de lo masculino, o de lo femenino, que pueden ocurrir en los padres o en las generaciones anteriores.

Más precisamente, para completar este análisis, sería entonces necesario estudiar en otra ocasión un elemento suplementario que tiene que ver con la substancia de los factores rosas o rosados. Este elemento suplementario se sitúa en eventos con valor de ataque o, mejor dicho, se localiza en reales intrusiones de orden pedófilo en versión homosexual y a veces en versión heterosexual, no necesariamente en la infancia del sujeto homosexual sino a veces también en la infancia de algún pariente próximo, como los padres o los abuelos. Este es incluso un tema que vuelve seguido en los historiales clínicos de sujetos homosexuales, bisexuales, hipersexuales y asexuales.

Sin embargo, han también habido casos en que el paciente nos dice que “nada” de eso ha sucedido en su familia y por eso piensa que es sólo porque nació así. Pero, cuando vemos las razones por las que consulta, la cantidad de elementos perturbadores de su vida actual, la referencia incesante a la vida misteriosa de la pareja de los padres y otros datos de las interacciones entre las generaciones en su familia, nos damos cuenta que pueden haber secretos familiares muy potentes. Y que los elementos ya mencionados pueden existir, o haber existido, en las generaciones anteriores, sin que el paciente tenga consciencia de ello. Hay que mencionar el hecho de que en algunos casos la situación que hace propicia la existencia de factores rosas no es para nada visible en la historia del sujeto. Esto nos impulsaría entonces a verificar si la invisibilidad se da porque no existe ningún factor rosa o, simplemente, porque el sujeto no tiene conocimiento de este evento.

Considerando que tienen que ver con la causalidad psíquica de las condiciones de goce como la homosexualidad, la bisexualidad, la hipersexualidad o la asexualidad, ¿cuáles serían precisamente los principales elementos que caracterizan a los factores rosas?

Como ya vimos, en principio, hay tres elementos que podrían caracterizarlos.

En primer lugar, hay que considerar las graves rupturas familiares, es decir conflictos de pareja en los padres, violencias de padres a hijos, muerte precoz de uno de los padres, un abuelo o una abuela que fueron huérfanos de madre o padre. En segundo lugar, están los eventos de seducción pedofílica homosexual, o heterosexual, durante la niñez o adolescencia. En tercer lugar, tenemos los excesos sexuales en la pareja de los padres o en la de los abuelos, que tienen como consecuencia una profunda humillación de lo femenino en la madre, o en la abuela, y una penalización de lo masculino en el padre o en el abuelo.

De los tres elementos citados, me parece que el más importante es el tercero. Porque tanto el primero —o sea las graves rupturas familiares, como la violencia del padre, los divorcios conflictivos o la muerte precoz de los padres—, como el segundo —es decir, los ataques de pedofilia en la niñez —, pueden traer disturbios psicológicos bastante profundos, pero no me parecen suficientes para engendrar condiciones de goce como la homosexualidad o la bisexualidad. Por el contrario, el tercero —o sea los excesos sexuales en los padres o abuelos, tanto como la disminución de lo femenino de la madre y de lo masculino del padre en la transmisión sexuada a los hijos —, sí pueden generar disturbios sexuales en las condiciones de goce de estos sujetos.

Ahora bien, si hablamos de estos tres elementos, es para decir que, en el fondo, los tres están intrínsecamente relacionados aunque es en realidad el tercero el que domina la conexión con los dos primeros. Así, podemos decir que los factores rosas son, antes que nada, una mezcla entre el ambiente familiar homo-, hiper- o a-sexualmente cargado del hilo ontogénico, o sea la relación con los padres, luego, el valor de intrusión que han podido tener algunos eventuales ataques de pedofilia, o eventos equivalentes, en el hilo filogénico, es decir en la vida sexual de los abuelos o en la infancia de los padres, y finalmente, los efectos de conexión entre esos dos hilos. El efecto de conexión puede ser vivido como un ambiente familiar cargado de una intrusión sexual antigua, pero es representado por personajes (padre y madre) sexualmente disminuidos por una falta ancestral.

 

s-8ebc07777a2a09714412d029ed6cf1dc1e1b3148La Falta sexual en el hilo filogénico

Partiendo de una sexualidad anómica, es decir ilimitada y sin reglas, en la generación de los padres o en la de los abuelos, se puede llegar a formar ciertas reacciones psicológicas contrarias o algunas deformaciones en relación a lo sexual en la nueva generación. Pero no se trata solamente de una simple sexualidad anómica. Se trata también de que esta experiencia real de lo sexual, en al menos uno de los personajes de las generaciones pasadas, ha sido acompañada por una grave falta moral, ya sea directa e intencional, ya sea indirecta y no intencional.

En efecto, se puede haber vivido una grave falta sexual de orden directa en el caso de incestos o de relaciones clandestinas de doble vida o de actos esporádicos de intercambismo que, habiendo sido reconocidos más tarde por la familia como tales, han producido un escándalo y un obstáculo psicológico.

femme_nue_marseille_aout_19441Pero existen también situaciones donde el personaje ancestral no ha tenido la intención  de vivir un goce sexual anómico, sino que, por ciertos accidentes de la vida, su experiencia sexual ha tomado indirectamente el valor de una grave falta moral. Es el caso de relaciones sexuales con el enemigo, como en la Segunda Guerra Mundial, o el enamoramiento con una persona muy cercana a la familia y en principio moralmente prohibida, o la incidencia de duelos o accidentes que adquieren sin intención prealable un valor de falta o de obstáculo sexual.

En ese sentido, los factores rosas deben ser concebidos como inscripciones significantes inconscientes y presentes en la trama narrativa de la transmisión intergeneracional, representando intrusiones sexuales que han alimentado algunos secretos familiares. Es decir que, en cierta medida, los factores rosas pueden ser denominados trans-significantes ya que están cargados de un valor de sexualidad extrema. Porque se trata de significantes saturados de un valor de intrusión sexual, o de una grave falta sexual vivida por un ancestro, que se transmiten de manera implícita, o tácita, de una generación a otra.

En otras palabras, los factores rosas implican la conexión de transmisión entre la sexualidad vivida en una generación antigua y la sexualidad en proyecto de una generación nueva, a través la sexualidad sufrida de una generación intermediaria. La nueva generación pondría en práctica, de forma neutra y a veces adaptativa, la problemática sexual de la generación antigua que influenció sobremanera a la generación intermediaria. Los factores rosas representan así la conexión entre el hilo filogénico y el hilo ontogénico de una sexualidad antiguamente muy perturbada que se fetichiza según la descendencia intergeneracional.

Así, por ejemplo, una hipersexualidad anómica de los abuelos, puede derivar hacia una bisexualidad o, al contrario, hacia una asexualidad en los padres. Por su parte, estos cargarán al hijo por los medios ontogénicos que hemos mencionado —como lo son: la madre que le hace la ley al padre, la violencia del padre en los otros hijos pero no en el sujeto, la gemelidad o la ausencia del padre, la disminución de la sexualización de padre y madre en relación al hijo, la humillación de lo femenino en las mujeres de la familia—, creando en él una otra condición de goce que combina las de los padres y a veces las de los abuelos también. Esta condición de goce sería la homosexualidad y, en algunos casos, la hiperhomosexualidad.

En efecto, esta carga sexual excesiva, que es irreductible por lo simbólico, hace intrusión en la condición de goce del hijo encarnando, en acto y en fetiche, la grave falta sexual y los fenómenos trans-límites de las generaciones inmediatamente anteriores. Es de esta manera que el factor rosa indica que, en todos estos casos, se trata de eventos sexuales extremos, en algún personaje ancestral de la familia, que transmiten un valor de falta moral, mezclado a un potente obstáculo sexual, a las nuevas generaciones.

German ARCE ROSS. París, noviembre de 2016

 

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