Alberto ARCE CASAS. Madrid, enero de 2014.

Referencia bibliográfica (toda reproducción parcial, o cita, debe estar acompañada de la siguiente mención) : ARCE CASAS, Alberto, « Un Caso de Sueños Gemelares », Nouvelle psychopathologie et psychanalyse. PsychanalyseVideoBlog.com, Paris, 2014.

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Robert Delaunay, Simultaneous Contrasts: Sun and Moon, 1912

Tengo el placer de presentar aquí el relato de Alberto Arce Casas (1932-2014) sobre un caso personal de sueños gemelares, o sueños simultáneos, vivenciado por una pareja que se encontraba de viaje. Lo interesante del caso es que estos sueños gemelares están acompañados por dos otros fenómenos: el desdoblamiento de sí mismo y la conciencia extralúcida.

No pretendo introducir por el momento la definición precisa de lo que yo llamo conciencia extralúcida, porque esta cuestión está actualmente en trabajo y será presentada pronto en un próximo texto. Pero quiero llamar la atención sobre la concomitancia, realizada a través de la transferencia de ansiedad existente en esta pareja, entre los sueños gemelares, el desdoblamiento de sí y la conciencia extralúcida.

En su texto sobre Lo Inconsciente, Freud hace una referencia a este tipo de fenómeno diciendo lo siguiente: « es muy singular y digno de atención el hecho de que el sistema inconsciente de un individuo pueda reaccionar al de otro, eludiendo absolutamente el sistema consciente ». Si, como dice Freud, el sistema consciente ha sido eludido, ¿cómo es posible entonces que en estos sueños la posición preconsciente haya sido tan lúcida y al mismo tiempo simultánea?

En principio, los sueños gemelares han sido estudiados en las experiencias de transferencia compartida con sujetos psicóticos que son los que más captan y los que más fácilmente extraen, de manera involuntaria, mociones muy ancladas en el inconsciente del otro o del psicoanalista. Así por ejemplo, tenemos los trabajos de Gaetano Benedetti sobre la transmission inconsciente y silenciosa que puede ocurrir, a través de lo que él llama sueños gemelares o sueños supletivos, en ciertas transferencias transicionales entre paciente y psicoterapeuta.

Sin embargo, los sueños gemelares existen en todas las estructuras clínicas, incluyendo los sujetos que no se encuentran en estados psicopatológicos pero que tienen vivencias mutuas extremadamente intensas, profundamente compartidas y forzosamente simultáneas. De esta manera, hay también otros fenómenos que no pertenecen necesariamente a la psicopatología pero que permanecen aún en parte inexplicables. Por ejemplo, tenemos el somnambulismo, los sueños lúcidos, la conciencia profunda en los estados de coma, el desdoblamiento no patológico de la personalidad ó las experiencias de muerte inminente. En el caso de los sueños gemelares, lo simultáneo tiene que ver con una conexión entre lo pulsional percibido y lo pulsional vivenciado en dos personas que tienen una relación transferencial intensa (psicoterapia, psicoanálisis, familia, pareja, etc.).

Podríamos decir también que la fuente preconsciente de los sueños gemelares ha sido objeto, por parte de ambas personas, de una sobrecarga pulsional muy importante. Y que esta sobrecarga o inflación excesiva está acompañada de una censura que contribuye con el material y con la fuerza necesarios para volver posible la extralucidez.

GAR, París 2014

 

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« Contraste successif »

Un Caso de Sueños Gemelares

Notamos que cada vez más rápido nuestros años pasan sin cesar y que de inmediato el instante del presente se vuelve pasado, siguiendo nuestra vida por ese camino en el que vamos de continuo transformando los segundos en hechos que ya ocurrieron y que en forma gradual la mayoría se va difuminando de nuestra memoria al igual que las nubes del cielo. En cambio muy pocos de estos hechos sí nos quedarán grabados como acontecimientos eternos por contener sucesos muy especiales de los que recordaremos todos sus detalles que no se borran de nuestra memoria. En la mayoría de estos eventos especiales hemos sido los protagonistas, actores predominantes del escenario de nuestro vivir, es decir que nosotros éramos quienes hacíamos y los que decíamos frente a otros personajes allí presentes y que por otro lado, en la minoría de las veces, recordamos los sucesos habiéndolos vivido como testigos o también como simples espectadores que desde la platea sólo veíamos y oíamos sin nuestra intervención activa. Resumiendo, en unos casos somos los protagonistas y en otros los testigos de aquello que siempre recordaremos. Esto es algo lógico porque sería incompatible que pudiéramos estar al mismo tiempo tanto en la platea como en el escenario. ¿Se nos puede imaginar que sería posible superar esa incompatibilidad y que al mismo tiempo de actuar en el escenario también estuviéramos sentados en la platea?

En los acontecimientos inolvidables de nuestro vivir han influido elementos muy importantes como el momento, la novedad, la instrucción, la emoción positiva o negativa, los personajes presentes, la hora y el lugar, es decir todo aquello que en ese instante nos rodea envolviendo nuestra vida y que constituyó el escenario donde se desarrollaron esos actos muy específicos que jamás olvidaremos. Desde luego varios de estos inolvidables recuerdos pertenecen a los primeros años del recorrido de la vida y que han quedado muy protegidos en nuestra memoria. Es así que recordamos experiencias familiares, actividades infantiles, estudios y aprendizajes, acontecimientos urbanos, disfrutes veraniegos o musicales y sorpresas paisajistas, como también estupores que nos han demostrado que existe el peligro muchas veces oculto a nuestra visión o nuestra mente. A medida que avanzamos por el trayecto que sigue nuestra vida vamos descubriendo extrañezas inesperadas que incrementarán nuestro saber, pero también quedarán intactos y completos los primeros recuerdos imperecederos. En la experiencia personal de mi vida este relato es de uno de aquellos sucesos inexplicables cuyos detalles no han desaparecido después de haber transcurrido muchos años y que tuvo lugar en una especial región de Sudamérica.

El suceso ocurrió el domingo 13 de enero de 1979 en el Estado de Paraná, Brasil, cerca de Foz de Iguaçu, cuando había iniciado con mi primera esposa, Florence Ross, un viaje por carretera de regreso hacia São Paulo ciudad en la que vivíamos desde dos años antes, muy lejos de nuestra Lima natal. Proyectamos el viaje para visitar las cataratas durante el verano y en fin de semana para no interrumpir nuestros días laborables, de manera que el itinerario estaba planificado para hacerlo de viernes a domingo teniendo en cuenta la enorme distancia de la ruta, mayor de mil kilómetros, entre la ciudad de São Paulo y las cataratas que quedan en los límites fronterizos entre Argentina, Brasil y Paraguay y aún más, teníamos que calcular y adaptarnos a la dificultad que significaba que en aquella época no estaba permitido en ninguna carretera brasileña superar en velocidad los ochenta kilómetros por hora. El cálculo aproximado sobre el tiempo necesario para recorrer aquella distancia nos indicaba que se necesitarían doce horas y media para el recorrido, a lo que habría que agregar los tiempos que se dedicarían a descansar, repostar gasolina y merendar que podrían totalizar unas catorce horas seguidas en el caso de no encontrar atascos, a los que felizmente no había necesidad de agregar el tiempo de detenernos para fumar ni comprar cigarrillos porque no fumábamos ni consumíamos drogas, costumbres con las que nunca fuimos compatibles y más bien, detestábamos.

Calculadas las horas que tendríamos que emplear decidimos que el grandioso atractivo de la región que ya había visitado antes en un viaje de Paraguay a Brasil ameritaba el esfuerzo y lo programamos por la ruta que nos llevaba primero hacia el sur y luego hacia el oeste, a través de Curitiba, capital del Estado de Paraná. Después de recorrer el largo trayecto, el viernes llegamos a Foz de Iguaçu donde nos alojamos en un hotel así que el día sábado gozamos del bello paisaje veraniego, de la espectacular región del Paraná visitando las inmensas, continuas y espectaculares cataratas y también las poblaciones fronterizas: Puerto San Martín en Argentina y Puerto Presidente Stroessner (ahora Ciudad del Este) en Paraguay. Ese sábado en la noche ya habíamos disfrutado del maravilloso paisaje de las cataratas, además del ensueño de su entorno, la atracción de la naturaleza pura, la magia de aquel perenne arco iris, el encanto de la floresta, los bellos cantos de los pájaros y de la caricia húmeda de su clima, de manera que nos fuimos muy felices a dormir temprano al hotel. Toda la experiencia vivida había envuelto nuestros sentimientos con belleza, felicidad y armonía que nos hizo disfrutar de un día especial y delicioso.

Tal como teníamos previsto para evitar los clásicos atascos, pasadas tres horas después de la medianoche nos despertamos para realizar el largo viaje de retorno, nos levantamos de la cama, nos duchamos y partimos para realizar el viaje de vuelta a la inmensa ciudad de São Paulo deleitándonos con el recuerdo de todo lo vivido en ese corto viaje repleto de sensaciones maravillosas. Debido a la hora y por lo apartado de la región pudimos avanzar sin restricciones de velocidad y ayudados por la claridad lunar que nos ofrecía una visión muy amplia de la carretera. Viajando a esas horas evitábamos posibles atascos en el ingreso a São Paulo, así como el intenso calor del verano y más bien respirábamos el aroma de la floresta húmeda. El recorrido se desarrollaba hacia el este por una amplísima llanura muy verde con una hermosa luna llena cuya luminosidad estaba siempre presente en el trayecto, por lo general recto, con pocas y suaves curvas, todo muy fácil de recorrer y en esos momentos sin tráfico ninguno.

En realidad las circunstancias invitaban a continuar sin parar, pero después de poco más de una hora de recorrido la monotonía y la modorra se apoderaron de mí, sentí pesados los párpados, flojos los brazos y bostezaba de continuo. Florence, que viajaba reposando con la cabeza en el respaldo, estuvo de acuerdo en parar para dormir antes de que amaneciera. A ambos lados de la carretera había planicies muy anchas que continuaban a lo largo de kilómetros y poco apartados abundaban plantaciones, de manera que entrando ligeramente en la planicie de la derecha estacioné el vehículo en un punto intermedio, no fuese a salir alguien desde los plantíos y nos pillase dormidos. Para más comodidad Florence pasó al asiento trasero y por mi parte aseguré todas las puertas, dejé las llaves del motor en el contacto, levanté los cristales dejando una pequeña abertura en la parte superior, bajé el respaldo del asiento y recliné la cabeza, cerré los ojos y sentí la pesadez del cuerpo.

Mi intención no era dormir sino más bien relajarme y descansar, pero apenas cerré los ojos con suma rapidez empecé a sumergirme en una sensación muy extraña y aún continuando con mis reflexiones pude percibir que había dejado de tener conexión con los sentidos de mi cuerpo y en cambio me volvía sumamente liviano, sin peso alguno, a tal extremo que percibía que me apartaba y que me alejaba de mi cuerpo de forma involuntaria a la vez que en forma progresiva aumentaba mi relajamiento mientras mis reflexiones continuaban.

El silencio se hizo absoluto y a partir de ese momento todo fue un continuo elevarme de mi asiento que hasta me hizo temer que pronto me estrellaría contra el techo de la carrocería y que no lo podría ultrapasar. ¿Me puedo detener si lo que ocurre no es por mi voluntad? Continuaba en esta reflexión tratando de encontrar la respuesta mientras percibía con claridad que seguía subiendo en forma constante y que hasta debía haber superado con creces la altura de la carrocería apartándome cada vez más de mi cuerpo que estaba reposando inmóvil en el asiento del conductor. Sentí miedo de ese elevamiento involuntario hasta que poco después me di cuenta de que ya había cesado, que todo estaba en calma y entonces pude percibir la agradable tranquilidad, el silencio, la calma, una felicidad total. Reflexioné que había evitado seguir subiendo apartándome de mi cuerpo, pero ¿dónde estoy ahora, hasta dónde he subido?

Para mi sorpresa y como una respuesta, en ese mismo instante recobré la visión y comprobaba que estaba en el mismo paraje donde nos habíamos detenido para dormir y vi que mi cuerpo estaba adormecido, ahí abajo desde donde me había elevado en sentido vertical unos diecisiete o veinte metros. Desde la altura divisaba el mismo paisaje, la extensa planicie que había visto cuando estaba despierto, veía con claridad nuestro vehículo y a través de él, como si fuera transparente, también veía mi cuerpo sentado con los brazos relajados y la cabeza apoyada al respaldo del asiento. Al mirar hacia atrás vi el cuerpo de Florence tumbado de lado en el asiento posterior, con las rodillas flexionadas y la mano derecha sosteniendo la cabeza, comprobando que estaba dormida. Algo curioso, que en esos momentos no reflexioné, es que veía con perfección todo lo material hasta mi propio cuerpo físico y en cambio no percibía nada de mi yo inmaterial que había levitado, no tenía cabeza ni cuerpo ni brazos, ni siquiera ojos y esto no me preocupaba porque en esos instantes veía y sentía muy bien el mundo material por lo que comprendí que estaba dividido en dos, el ser material de mi cuerpo en esos momentos inconsciente, y en el ser espiritual consciente.

Todo era tranquilidad en el entorno, mi visión era muy amplia y permitía ver el movimiento del follaje por efecto del delicado viento que había esa noche y entonces reflexioné que podía sentir, ver, oler, oír, pero no por medio de mi cuerpo, que estaba profundamente dormido y al que podía ver igual que al de Florence. Aspiraba el aroma de la vegetación húmeda y del viento, oía y veía el movimiento de los pinos y del inmenso cañaveral. Podía controlar todo el tramo de la carretera porque mi visión tenía una percepción total muy amplia, para cualquier ángulo que quisiese ver tanto para arriba como para abajo o para todos los lados, para cualquier ángulo sin el menor esfuerzo, hasta los más alejados o los más ocultos y era como si tuviese el más perfecto zoom para acercar o alejar la visión. También veía el cielo y la luna inmensa, me emocionaba la quietud del lugar que podía comprobar por la placidez en que dormían nuestros cuerpos. ¿Pero, y el vehículo, el coche? ¿Cómo he podido ver los cuerpos en su totalidad sin que la carrocería me obstaculice la visión?

Volví a mirar y ahí vi el coche pero no a nuestros cuerpos que estaban dentro. Entonces afiné la visión y con nitidez volví a verlos desapareciendo la carrocería de mi visión y ahí entendí que por mi propia voluntad podía ver el exterior o el interior del vehículo, sin importar la solidez de lo que quería evitar porque de inmediato se volvería transparente. Desde ese extraño yo inmaterial que estaba suspendido en el aire la visión a través de su excelente zoom era tan perfecta que podía funcionar con gran facilidad y no desde los ojos cerrados de mi cuerpo dormido. Giré mi vista a la distancia, primero hacia el cielo y luego hacia los lados divisando el extenso paisaje, después hacia adelante y por último hacia atrás, por donde habíamos venido y ahí a lo lejos distinguí unas sombras, bultos o figuras que se movían aproximándose a nuestra posición. Muy poco después las figuras se aclararon y distinguí que era un grupo de personas que venían por la misma planicie donde estábamos estacionados, caminando con paso tranquilo y conversando entre ellos. Cuando se acercaron más comprobé que eran cinco y todos varones, jóvenes con apariencia entre 22 y 25 años, con ropa y aspecto de pobladores del lugar con vestimentas, gestos y actitudes de trabajadores del campo. Pensé que pronto llegarían hasta nuestro coche y les llamaría la atención o les atraería nuestra laxitud, dos personas dormidas éramos presa fácil para cualquier atraco o extraña y peligrosa tentación.

En ese momento me vino una súbita alarma, estábamos indefensos ante ellos por lo que concluí que tenía que despertar volviendo a sentirme dentro de mi cuerpo y mejor si lo consiguiera de inmediato. ¿Pero cómo lo consigo si me veo que estoy inmóvil y completamente dormido? También veo a Florence que duerme con total placidez sin darse cuenta del peligro que corremos. ¡Nuestro peligro es muy grande por lo que tengo que despertar y para lograrlo debo regresar a mi cuerpo del que me he separado sin mi voluntad! Hago esfuerzos para volver hacia él, pero al no conseguir ningún resultado continúo percibiendo mi separación que cada vez me inquietaba más. Distingo que ellos ya están cerca, tal vez a unos veinticinco metros y hago más esfuerzos para reintegrarme a mi cuerpo y así terminar con lo que yo era en esos momentos.

Percibo que a los caminantes les llama la atención ver nuestro coche detenido en esos parajes solitarios en horas nocturnas, escucho sus voces intercambiando opiniones y de nuevo intento despertar desesperándome por no conseguirlo. Sin embargo reflexiono y ahí me parece sentir que ya había conseguido acercarme a mi cuerpo vacío de conciencia al que no tenía la menor duda de que si lo intentaba podría reincorporarme a él. En ese momento del inicio de mi regreso a lo material ya están muy cerca, a un paso, y miran por la ventanilla trasera mientras escucho: olha, estão dormitando (mira, están adormilados), continúan avanzando y se dividen, tres por el lado derecho y dos por el izquierdo, todos vistiendo camisas de colores claros y manga corta. Por mi parte me doy cuenta de que había conseguido sentir a mi cuerpo mientras los del grupo de la derecha atisbaban por la ventanilla y hago un nuevo esfuerzo sintiendo ahora sí que ingreso en mi cuerpo y que lo he conseguido. ¡Por fin!

Abro los ojos de inmediato, incorporo mi cuerpo y dirijo mi visión a la posición de aquellos caminantes para controlarlos y me sorprendo, no lo puedo creer, no veo a nadie por ningún lado, giro la cabeza por todos lados y para mayor sorpresa siento atrás de mí la voz alarmada de Florence que me pregunta: ¿Dónde están, dónde se han ido tan rápido que han desaparecido? Estupefacto volteo a mirarla, está sentada con la cabeza levantada, y le pregunto ¿los viste, no estabas dormida? Y ella muy seria me respondió que sí, que estaba dormida, los vio que se acercaban y nos miraban, lo que la hizo despertar.

Ella hizo una breve pausa y continuó, pero escucha atento que me había sucedido algo muy, muy extraño, cuando paraste el viaje me acomodé en este asiento, tú lo sabes, y en el momento en que me dispuse a descansar apenas recliné la cabeza empecé a sentir una sensación que jamás había sentido y que quiero contártela, me alejaba de mi cuerpo, me separaba cada vez más de él elevándome hasta que llegué a verme a mí misma dentro del coche y también a ti, los dos dormidos. Poco después vi a cinco jóvenes que venían por atrás y que al llegar se dividieron pasando por ambos lados del coche, fue en ese mismo momento en que me desperté y vi que tú también te incorporabas para tratar de verlos, pero ellos habían desaparecido en forma instantánea, no se les veía por ningún lado. Al oírla me asombré con estas palabras de Florence que en otras circunstancias no habría asimilado. Si lo mío fue un sueño, ¿cómo podía Florence haber soñado exactamente lo mismo que yo?

Pero ella me lo acababa de decir concordando en todos los detalles con lo que yo había percibido, por lo tanto tenía que creer. Sin ninguna duda había tenido la misma experiencia y tengo que aceptarlo porque ella lo expresó primero sin que le hubiera contado nada, absolutamente nada, de mi extraño sueño.

Decidí encender el motor y las luces del coche de inmediato para tratar de distinguir las figuras desaparecidas. A pesar de nuestros esfuerzos no vimos a nadie, en esa inmensa floresta no transitaba ni un solo coche y desde luego ningún peatón, todo era tranquilidad, era el mismo paisaje, el mismo escenario pintoresco al que habíamos llegado, totalmente tranquilo y sin nadie a la vista, ni personas, ni tráfico por la carretera, ni en las plantaciones, todo envuelto en absoluta tranquilidad. Continué avanzando con lentitud, girando la dirección para iluminar los alrededores, pero nada, no había nadie, por lo que perseveré en mi objetivo para intentar alcanzarlos si fuera el caso, pero el resultado seguía igual, no se veía ni se escuchaba a nadie y las plantaciones no presentaban movimientos extraños a la placidez de la hora. Después del largo intento, desistí en la búsqueda y volví a preguntar a Florence ¿tú los viste? Y ella me respondió, ya te lo dije, los vi en ese extraño sueño en que dormida me separé de mi cuerpo, los vi cuando pasaban siguiendo la misma dirección que llevamos y miraron por la ventanilla, fue eso lo que me hizo despertarme de inmediato.

Con total exactitud, su experiencia era la misma que yo había tenido, tanto su levitación incorpórea como la visión de aquellos caminantes que aparecieron cuando estábamos elevados fuera de nuestros cuerpos y veíamos a la perfección todo lo físico. También para ella los caminantes desaparecieron de inmediato cuando nos reincorporamos a lo material. Todo ello inextricable por completo porque jamás he tenido ninguna referencia a que dos personas juntas pudieran soñar o alucinar con exactitud lo mismo y además al mismo tiempo o que experimentaran extrañas irrealidades en forma simultánea, sin estar en absoluto afectados de salud. Aparte de ser muy extraño fue para cada uno de los dos una experiencia en absoluto independiente y privada, pero también todo lo contrario, es decir compartida y simultánea.

Aún más, en forma sorpresiva nos habíamos dislocado para ser testigos de nuestra dualidad, pero contradiciendo el principio fundamental de la física cuántica que es el de la unificación de ambas formas. Reflexionando a través de físicas antiguas tendría menos posibilidades de explicación por lo que desde entonces, a pesar de haber indagado mucho durante largos años, no he tenido ninguna explicación para este incomprensible suceso relatado con total veracidad.

Alberto Arce Casas, Madrid, enero de 2014