German ARCE ROSS. París, agosto de 2016.

Referencia bibliográfica (toda reproducción parcial, o cita, debe estar acompañada de las menciones siguientes): ARCE ROSS, German, «Ni Una menos ni el Otro malo. Goce identitario y crimen de pareja», Nouvelle psychopathologie et psychanalyse. PsychanalyseVideoBlog.com, Paris, 2016.

Neither One less nor the Other wicked. Identitary jouissance and crime of the sexed link

How to define the demands of the march called Ni una menos? To what extent this movement, partly manipulated by radical political groups, can be understood as an ideological outbreak of extreme feminist lobbies that I call by the term of pan-feminism?

Should we believe in the psychology of victimization of women that this movement wanted to promote, as if violence against women was a monopoly, an initiative or a need for men? Should we keep the term of violence against women or this notion is wrong? Can we consider that this march is one of the signs of a new secular religion without God that is being fanaticizing in the Western world?

Of these questions emerges not only our concept about link crimes but also the concept about link suicide. In short, is the man, the woman, is the couple or something excessively in the couple, what is really violent?

Ni Une en moins ni l’Autre méchant. Jouissance identitaire et crime du lien sexué

Comment situer les revendications de la manif’ appelée Ni una menos ? Dans quelle mesure ce mouvement, en partie manipulé par des groupes politiques radicaux, peut être compris comme une explosion idéologique des lobbies féministes extrêmes que j’appelle du terme de panféminisme ?

Faut-il croire à la psychologie de victimisation des femmes que ce mouvement veut promouvoir, comme si la violence contre les femmes était un monopole, une initiative ou un besoin des hommes ? Faut-il garder le terme de violence contre les femmes ou cette notion est erronée ? Peut-on considérer que ce mouvement est l’un des signes d’une nouvelle religion laïque qui est en train de se fanatiser dans le monde occidental ?

De ces questions, se dégage non seulement notre notion du crime de lien, mais également celui de suicide de lien. Bref, c’est l’homme, c’est la femme, c’est le couple ou quelque chose d’excessif dans le couple, ce qui est vraiment violent?

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Esta mujer, que parece salida de un Estado Islámico Feminista, proclama: «Si nos organizamos, los matamos a todos».

Ni Una menos ni el Otro malo. Goce identitario y crimen de pareja

¿Cómo situar las reivindicaciones de la marcha llamada Ni una menos? ¿En qué medida este movimiento, en parte manipulado por grupos políticos radicales, puede ser entendido como un brote ideológico de los lobbies feministas extremos que los llamo con el término de panfeminismo? ¿Debemos creer en la psicología de victimización de las mujeres que este movimiento quiere impulsar, como si la violencia contra ellas fuese un monopolio, una iniciativa o una necesidad de los hombres? ¿Debemos conservar el término de violencias a la mujer o esta noción es errónea? ¿Podemos considerar que esta marcha es uno de los síntomas de una nueva religión laica que se está fanatizando en el mundo occidental?

De estas preguntas se desprende no solamente nuestra idea de crímenes de vinculo sino también la de suicidio de vínculo. En definitiva, ¿es el hombre, es la mujer, es la pareja o algo excesivo en la pareja, lo que es realmente violento?

¿Qué es el “como Uno” de las fraternidades fantasmáticas?

En un congreso franco-brasileño en la Universidad de París XIII, sobre «La Modernidad de los Vínculos Fraternos y Conyugales. Fraternidad o Comunitarismo?», en octubre de 2001, Philippe Lévy, profesor de psicopatología en esa universidad, afirmó que «la fraternidad tiene la función principal de garantizar el apoyo de los ciudadanos a los ideales que unen a la comunidad política en la medida en que esta pretende disfrazarse contra la tentación comunitarista la cual nunca está lejos de tomar como objetivo el como Uno. Estamos, por lo tanto, tal como se expresa Germán Arce Ross en un texto todavía no publicado, frente a la tentación ‘de erigir en acto el Padre de la muerte en el lugar del padre virtual’ en un llamado inconsciente a la tiranía, de la que el siglo pasado constató los efectos, tanto ‘en la fraternidad idealizada de la militancia religiosa’ como ‘en la fraternidad fantasmática del comunismo’» (Lévy, 2001 ; Lévy, 2002 ; Les Fraternités fantasmatiques, Arce Ross, 2015).

Agradezco a Philippe Lévy de recordarnos la tendencia actual a fabricar comunidades ideológicas a través de la ilusión de fraternidades identitarias que se basan en la idea de un “como Uno”. De hecho, habría que decir también que, en estos tiempos de hiper-consumo y de normalización por el individualismo, la fraternidad fantasmática (anteriormente más prevalente en la sociedad comunista) crece hoy en día en la sociedad occidental, hacia la creación de una multitud de comunidades imaginarias en donde reina un terrible superyo identitario: el como Uno.

000-dv1936452Al igual que en “Soy Charlie”, lo importante es ser, por pura autoproclamación individual y en un movimiento colectivo del que es muy difícil escapar. En lugar de oponerse al horror del terrorismo por la crítica o por la razón argumentada, se “es”, emocionalmente, alguien identificado a la víctima del Otro malo. Se “es” Charlie, de la misma manera que uno es mil y una cosas en función de las tendencias identificatorias presentes y que, al mismo tiempo, los otros, nos parecen “como Uno”.

Uno “es” tal o tal cosa como ahora se “es” mujer, aunque uno haya nacido hombre (o viceversa). O uno se dice que “es” feminista, lo que se está convirtiendo en un estado más evoluído que ser “mujer”. O se “es” gay y se sale de la sombra (¿hacia qué luz?) y se convierte eso en un sello de identidad que viene casi a superponerse al hecho de ser hombre o mujer. O se “es” trans-humano y uno pierde gradualmente los vínculos intrínsecos y esenciales de la humanidad. O se “es” animalista, si uno es sensible a las emociones de un supuesto ser animal que debe ser respetado y amado, a veces más que un otro ser humano. O se “es” “derechombrista” e inmediatamente se tiene la profunda satisfacción de sentirse en lo justo, moralmente por encima de los otros. O se “es” alter-mundialista y uno se opone a las realidades de ahora por algunas utopías que vendrán. Y se vive entre sí en un otro mundo, un mundo fantasmático.

Luego, de manera incongruente, los diagnósticos psiquiátricos se convierten también no sólo en trazos de identificación sino, peor aún, en rasgos de identidad. Ya no se sufre más de autismo o de psicosis maníaco-depresiva. En cambio, se “es” autista, se “es” bipolar, se “es” anoréxica… y así sucesivamente, cada quien se pega a su diagnóstico como si se tratara de un trazo de identificación o incluso de una nueva identidad. Y se cree fanáticamente que ser Charlie, feminista, gay, trans-humano, animalista, derechombrista, alter-mundialista, autista, bipolar, anoréxica, toxicómano o alguna otra cosa… nos hace parte de una gran comunidad de todos iguales y de todos hermanos. Y, además, ¡uno se siente orgulloso de ser así! Cada quien se enorgullece de su propia identidad de goce (y de sufrimiento, por supuesto), lo cual es característico de los estados de la adicción en general con o sin drogas.

Para colmo, sin realmente poder ayudar a los pacientes adictos a salir del problema, los médicos se convierten casi en camareros en los locales sanitarios dedicados al consumo de drogas. Pasamos de la autoridad del médico en su relación de asistencia al paciente a la prestación de servicios a clientes identificados a su condición de consumidores. Casi todos los sufrimientos psiquiátricos, las patologías psíquicas, se han convertido en modos de ser, en formas de consumir y en maneras “normales” aunque diferentes de goce, y, por lo tanto, las patologías se han convertido en rasgos de identidad de gran alcance. Y es obvio que se puede adquirir un número impresionante de identidades en función de las preferencias, de las identificaciones, de los movimientos colectivos y de las circunstancias personales del como Uno. En esta gran fraternidad fantasmática en la que se ha convertido la sociedad occidental, la ciencia médica, el discurso jurídico y el poder legislativo se vuelven herramientas indispensables para fabricar, defender y legitimar los caprichos del ser identitario.

Consumimos nuestras múltiples identidades imaginarias como se pueden consumir productos o mercancías. Somos lo que decimos que somos, pero tenemos que ser absolutamente. Si no, al menos, parecer. Este es un orden social implícito. Y como no se es gran cosa si no se es algo que uno dice ser, se “es” entonces también lo que se quiere ser si se es mínimamente ambicioso o imaginativo. De este modo, también se puede ser un personaje más o menos identificable en función de piercings, tatuajes o cirugías estéticas (a veces anti-estéticas o grotescas) por los que se modifica o desfigura el cuerpo original, el cual se vuelve como una mercancía ambulante.

Esta es la carrera de todos a ser. No importa qué, pero hay que ser. Todos quieren ser. Y para ello, hay que romper las barreras, los límites de lo pensable, los tótems y los tabúes. Todo debe ser “desconstruído”. Se inventa el matrimonio del mismo sexo. Se inventa la familia sin padre ni madre. Se inventa la familia-comunidad, al igual que en los cuentos de Aldous Huxley. Se inventa el alquiler del cuerpo, prostitución asexual de la maternidad. Pero cuando por fin se es algo, todavía se quiere ser otra cosa. Pues se puede pertenecer a varias comunidades de identidad y enriquecer de esta manera el ser de hologramas, de imágenes, de puros semblantes… y así acumular derechos. Porque lo más importante es tener derechos, más que deberes o más que deseo. Por otra parte, los derechos reivindicados por todos lados, que sólo sirven para el ejercicio contínuo del goce múltiple de esos mismos derechos, reemplazan el deseo. En este circuito cerrado, a cada imagen narcísica corresponden nuevos derechos. Hoy en día, ¡no sólo los niños sino incluso los animales tienen derechos! Pero ello no impide que los niños y los animales se conviertan en objetos de posesión, de goce, en objetos fetichizados de consumo de las mismas personas que les dan derechos. Porque se fabrica un niño como se adopta un animal: como una mercancía de amor para huir de la soledad rampante. O para legitimar una adherencia identitaria.

Y si se es, uno pasa pues a pertenecer inevitablemente a un grupo de identidad imaginaria. Nueva identidad que se impone ferozmente con una moral que se ignora a sí misma. Y a la cual el sujeto adhiere sin crítica, como si se tratara de una verdadera conversión religiosa.

Ya no es más suficiente nacer. Ahora se tiene que ser y proclamar este ser para hacer parte de una comunidad de personas que, diciendo igualmente el ser en el que se están convirtiendo en ese momento, pasan ipso facto a tener derechos sobre el consumo de goce que se supone es parte de esta nueva identidad de ser.

Identidad ideológica, autoproclamación comunitaria y conversión ontológica van de la mano. La conversión  identitaria se convierte en cómplice de la inversión y de la notable reducción de los valores humanos y sociales que prevalecen en el comunitarismo.

Este comunitarismo, que no apela al padre pero sin servirse de su función, produce pares virtuales según los términos de un neo-moralismo que domina una serie de fraternidades fantasmáticas, múltiples y difusas. Tenemos así: víctimas contra autores, hiper-consumidores de goces adictivos versus higienistas alborotados, laicos fanáticos frente a religiosos tradicionalistas, neo-moralistas contra moralistas rancios, mujeres maltratadas versus agresores perversos. Lo importante es identificar a las víctimas y a los autores, a los inocentes y a los malvados, a los que tienen derechos y a aquellos que no deberían tenerlos.

En el fondo, paradójicamente, al igual que los extremistas religiosos o fanáticos que ellas desprecian tanto, las comunidades de identidad, o fraternidades fantasmáticas, sólo consiguen hacer perdurar la alienación y la manipulación mental de los más ingenuos que creen fervorosamente en el “como Uno”.

Las ideologías, como la de género, nos proponen justamente ser lo que queremos. Basta cojer los frutos esenciales en los árboles de nuestra imaginación puesto que, según ellos, si la esencia del ser la sentimos en nosotros, entonces somos. Aunque lo que queremos ser sea lo opuesto con lo que nacimos. ¡Qué fácil! ¡Una maravilla!

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La ideología contradictoria del feminismo extremo

¿A qué llamamos generismo?

Como el término “ideología de género” es utilizado por representantes de la Iglesia y que nosotros no tenemos ningún vínculo con lo eclesiástico, ni con ninguna organización política, ni tampoco ninguna práctica ni creencia religiosa, para que no existan mayores malentendidos preferiremos llamar a este fenómeno social anclado en las teorías de género con el término de generismo.

La ideología perteneciente al generismo es, antes que nada, la que anima a la teoría de género y que se fue forjando desde los “trabajos” (al borde de lo delirante) de John Money. Está basada en la creencia para-religiosa de que las diferencias sexuales son construcciones sociales y de que se puede vivir fuera del ámbito y del determinismo de la sexuación.

En segundo lugar, el generismo propone una «desconstrucción» educativa y comportamental de lo que sería socialmente construído en el sexo. Para, de esta manera, ir substituyendo el «género» al sexo, o sea para ir substituyendo una construcción fantasmática a lo real. Se trata así de una reconstrucción ideológica y por ende política de lo sexual e incluso de lo sexuado, verdadera «sexpol» en donde el determinismo inconsciente de estos últimos queda completamente supeditado a lo público o a lo que debe ser refabricado socialmente. Como en las sociedades totalitarias, el generismo busca imponer un ser nuevo, ni verdaderamente hombre ni verdaderamente mujer, sino un ente híbrido y dependiente del goce.

mujeres_asesinas_jalisco3 (1)_0Esta creencia «construccionista» tiene que ver con lo que yo llamo el panfeminismo o feminismo extremo, o sea el que se define de manera explícita o implícita como una anti-heterosexualidad y que en el Perú, por ejemplo, toma el nombre de hembrismo. El programa político e ideológico del panfeminismo domina las múltiples teorías y prácticas de género que han brotado en la civilización occidental, configurando lo que yo llamo la perversión social o la perversión de género (Les Impasses du genre. Intersexes, sexuation et n’essence, Arce Ross, 2014).

En tercer lugar, el generismo vehicula voluntariamente una confusión entre lo que son las identificaciones (necesariamente múltiples) de un sujeto y su identidad (que es única). El goce identitario de esta ideología implica una inversión de la cuestión de la identidad, que se vuelve a su vez múltiple y maleable como las identificaciones. Así, el generismo se mueve bajo el reino de las identificaciones convertidas en verdaderos vectores de una identidad ideológica. Y se coleccionan las identidades, como antes las identificaciones, de tal manera a dibujar una existencia compuesta por un patchwork identitario que se va apoderando de la autonomía psicológica del sujeto en fase de conversión. El generismo participa así del fenómeno sociopolítico llamado comunitarismo.

En cuarto lugar, el generismo valoriza el goce total, todos los tipos de goce sexual mas no el deseo, como motor de la identidad. Este es un punto fundamental para entender la perversión de género. El goce múltiple, sin límites ni jerarquía, domina la identidad convertida también en identificaciones múltiples que se «liberan» del deseo. Sobre este plano, el generismo se sitúa como una anti-causa freudiana. Porque es una pura moral primaria que somete al sujeto a través de un imperativo categórico de goce y de fabricación de una nueva identidad totalizante.

En quinto lugar, el generismo afirma la superioridad de lo igualitario sobre la diferencia tanto sexual como sexuada. Los sexos no serían entonces sólo construcciones sociales sino también identidades igualitarias, o sea equivalentes e intercambiables. Es por esta vía que se llega a lo que yo llamo la forclusión de la feminidad (Sadomasochisme, perversion extrême et forclusion de la féminité dans Nymph()maniac, Arce Ross, 2014), así como al agravio de lo masculino.

El generismo o la ideología presente en las teorías de género es un igualitarismo desenfrenado y negador de la realidad, como producto de la anomía que caracteriza la miseria sexual actual en Occidente.

tumblr_nthvyucERU1ubxsijo1_1280¿Debemos decir “violencia a las mujeres” o más bien violencias en la pareja?

Para poder responder a una pregunta de este tipo, habría antes que definir claramente lo que significa el término violencia. ¿Se trata de piropos extremos, de acosos morales a connotación sexual, de insultos, de manipulación mental o emocional, de abusos sexuales, de maltratos físicos o psicológicos y exactamente cuáles, de violaciones, de secuestros, de envenenamientos, de asesinatos, o más bien sólo de indiferencia afectiva, de actos de infidelidad o de desamor? ¿Son comportamientos agresivos cometidos de manera voluntaria y consciente, o más bien se trata de actitudes inconscientes e involuntarias?

Si todas las posibilidades anteriores entran en el rubro de lo que se entiende por “violencia”, entonces este término se vuelve demasiado ancho y impreciso para ser operacional en estudios serios sobre un fenómeno que ya ni sabemos exactamente cuál es. Porque, antes de hablar de un fenómeno dado, hay que definirlo y describirlo precisamente, si no queremos engañarnos o inventar rubros ilusorios sobre fenómenos reales pero muy mal situados.

En todos los casos, el término de “violencia” no me parece muy apropiado, no sólo por su carácter polisemántico sino también por el hecho de configurar el mundo en dos secciones cómplices pero tan ideológicas: las víctimas y los agresores. Con estos datos de victimización no se va nunca lejos. Dicho de esta manera, no entenderíamos las causas reales de fenómenos que ni sabemos definir claramente y que, peor aún, incluímos en una supuesta intencionalidad. Y es por esta vía que se llega a instrumentalizar ideológicamente y políticamente las agresiones reales en las parejas como si proviniesen de una intencionalidad misteriosa o de una maldad primaria en los hombres.

Más aún, sin lugar a dudas, habría que saber en qué medida estos comportamientos o actitudes (lo que no es lo mismo), que son descritos como «violentos», están dirigidos hacia una persona en particular por el sólo hecho de ser mujer o por otra razón. O sea, ¿por qué habría que considerar estas agresiones necesariamente como el acto de un hombre en contra de una mujer por el sólo hecho genérico de ser mujer y no por  ser “su” mujer? ¿No podríamos más bien considerarlas como producto de una relación patológica nacida en el ámbito de una pareja muy singular? Es decir, ¿podríamos suponer que las violencias contra las mujeres (o contra los hombres) son efectuadas por causa de una pareja que se vuelve patológicamente explosiva y que hace que uno de los participantes de la pareja cometa actos en contra del otro?

¿Es el hombre, es la mujer, es la pareja o algo excesivo en la pareja, lo que es realmente violento?

Por otro lado, tendríamos que definir el término mujer. Si hay «violencias contra las mujeres» según las panfeministas y si las «mujeres no nacen sino se hacen» según las creencias de las mismas panfeministas, entonces ¿quién nos garantizaría que tal persona víctima de su pareja y que parece mujer, es realmente una? ¿Es el sólo hecho que ella lo proclame o que diga que se siente mujer? ¿Eso querría decir que, gracias a las violencias a la mujer, un ser podría definir su condición sexuada de mujer? ¿Mientras más me pegas más soy mujer? Estos interrogantes muestran ya cuán equivocada está la idea de que la mujer no nace sino se hace.

brocas¿No habría más bien, en el fondo, una tentativa antropológica que fuerza a los hombres a hacer que las mujeres ocupen su lugar sexuado como en la primera mitad del siglo XX? Si fuese así, entonces las otras mujeres que dicen sentirse hombres y que, por este sentimiento, se definen como hombres ¿serían acaso agresores potenciales contra sus parejas mujeres? Enfin, ¿no debemos suponer que lo que ocurre hoy en día es que, aparte de las violencias a las mujeres, hay también un agravio muy profundo de lo masculino y que este agravio se articula de manera muy diferente según estemos en Occidente, en Oriente, en Norte o en Sur? Y eso no sería solamente válido para ciertos hombres viriles pero con problemas de autoridad, sino también para algunas mujeres que se sitúan en el lugar de lo masculino.

Sin embargo, sabemos muy bien que los hombres no tienen el monopolio de las agresiones en las parejas. Las mujeres, situadas claramente como mujeres, pueden también abusar psicológicamente, emocionalmente, sexualmente, eróticamente y hasta físicamente de los hombres. Pero las hay también quienes abusan de los padres, hermanos e hijos y, claro está, hasta de algunas otras mujeres.

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© Coll. Laurent Bihl

El agravio de lo masculino en su relación con lo femenino pertenece a ciertos tipos de mujeres. Las formas de las agresiones femeninas son múltiples. Recordemos que muchos infanticidios son actos de madres angustiadas. No hay que olvidar tampoco que una forma muy sutil de agraviar a lo masculino es cuando una madre panfeminista —profundamente insatisfecha de su condición de mujer y radicalmente revoltada en contra de lo que representa lo masculino— cría a su hijo varón de tal manera que le da inconscientemente las bases para que se convierta en homosexual o en bisexual. Este terrorismo sexual del panfeminismo es lamentablement muy actual y representa, sin lugar a dudas, una verdadera violencia en contra de los hombres. También, las mujeres lesbianas llegan a veces a abusar de sus parejas mujeres tanto o más de lo que un hombre fuera de sí haría con su mujer víctima en el contexto de una pareja patológica.

Por otro lado, hay que anotar que algunas mujeres buscan obtener inmensas formas de agresión a sus propios cuerpos, no sólo con mutilaciones, operaciones plásticas o recomposiciones de la piel injustificadas, sino también en los trastornos alimentarios como la anorexia, la bulimia, la inedia. Lo que en el hombre es del orden del alcoholismo o de la toxicomanía, en la mujer se versa en lo alimentario o en las manías amorosas o sexuales.

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La ninfómana en estado de extremo sadomasoquismo paga para que la maltraten. Sólo así obtiene placer sexual

Sin querer ser exhaustivos, tenemos también que considerar el hecho de que hay mujeres radicalmente masoquistas que buscan a hombres con perfiles violentos o agresivos y los provocan hasta recibir puniciones físicas que les procuran fuertes placeres sexuales. En estos casos, la violencia viene en el lugar del goce. La violencia contra sí se vuelve goce de mujer. Ese es el tema de las dos películas de Lars Von Trier intituladas Nymph()maniac que tuvimos la ocasión de analizar (Perversion sexuelle et dérive totalitaire selon Nymph()maniac, Arce Ross, 2014) y a partir de las cuales hemos establecido las relaciones entre el brote de ideologías fanatizadas, como la extrema derecha o la teoría de género, con las epidemias hipersexuales de nuestro tiempo.

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Aparte de este problema tan actual donde la ideología domina la posibilidad absurda de autoproclamarse hombre o mujer siendo del otro sexo, está el hecho de que, sabiendo muy bien que tal persona víctima de su pareja es sin lugar a dudas una mujer, ¿quién o qué nos garantiza que la violencia recae sobre ella sólo por ser mujer? ¿Y si la violencia le cae sólo por ser mujer, como explicar este fenómeno sin considerarlo tan simploriamente como una tendencia masculina y primaria en contra de las mujeres? ¿No sería más bien acaso el brote de una reacción antropológica al modo de vida familiar y conyugal que el ser humano, prácticamente en todo el planeta y no sólo en el mundo occidental, lo vive en la piel?

¿Por qué las agresiones físicas, sexuales y psicológicas han crecido tanto en las relaciones hombre-mujer al mismo tiempo en que, paradójicamente, la pareja, como meta personal o como práctica erótica, está casi desapareciendo en algunos países dichos civilizados? ¿Como explicar que el brote de las tres grandes ideologías fanáticas de nuestro tiempo —o sea el terrorismo islámico, la extrema derecha y el generismo (Jouissance identitaire dans la civilisation, Arce Ross, 2015)— acompañan cronológicamente y “culturalmente” la inserción de agresiones y crímenes en el ámbito de la pareja occidental?

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Imperio pasional de los sentidos y comoUnidad en el crimen

Feminicidio versus crimen pasional

«Violencia de género» es un término erróneo. Es completamente ideológico, no tiene ningún fundamento clínico y sólo sirve para que los lobbies panfeministas y homofeministas transformen, de manera sensacionalista, los crímenes de pareja, o crímenes pasionales, en «violencias a las mujeres», o sea en «feminicidio». Pero, no hay feminicidio! Sólo existe homicidio. Y en ciertos casos se trata de crímenes pasionales. Son estos los que nos interesan.

El asesinato de una mujer no es un feminicidio, es un homicidio porque ella es y continua siendo, aún muerta, un ser humano, incluso antes de ser mujer. Matar a una persona de sexo femenino, no equivale a querer matar al sexo feminino en general. El asesinato de una mujer opera contra la vida de un ser humano (de sexo femenino) pero no contra su sexo. Si no, tendríamos que decir un «hombricidio», un «jovencidio», un «senilicidio», un «negricidio», un «judicidio», un «islamicidio», un «gayicidio», un «intersexicidio», un «pobricidio»… o también hablar de «feminicidio de mujer flaca, gorda, baja, alta, morena, rubia», etc., y así no acabaríamos nunca! Como si el crimen tuviese un sexo, una raza, una clase social, una identidad! Esto sólo tendría sentido en el caso de crímenes de masa o de crímenes contra la humanidad, o sea cuando se cometen crímenes contra una comunidad reconocida. Pero las mujeres no constituyen una “comunidad”.

Eso es un ejemplo más de la tendencia actual al comunitarismo. Como las clases sociales ya no existen y las razas han sido penalizadas y tachadas, entonces, ahora surgen en el mismo lugar de las antiguas clases sociales o de las razas, las comunidades de identidad donde los miembros se reúnen por identificación a una idea de igualdad imaginaria. Al contrario, me parece que, aparte del hombre, no hay un ser más diferente a una mujer que otra mujer. Porque, en el fondo, una mujer en sus cabales no busca la igualdad sino lo que la hace diferente. Diferente del hombre y diferente de cualquier otra mujer.

También, en el amor por una mujer, hay en el hombre un profundo sentido de diferenciación. Él la ama porque la diferencia de todas las otras. Sin embargo, nuestra época desconoce el amor. Le da la espalda, buscando ilusiones ideológicas como la igualdad imaginaria, la democracia sin mérito o la justicia distributiva en campos en donde la noción de justicia es inadecuada. Esta re-normalización de la sociedad, por medios artificiales, por principios políticos y por identidad a lo mediocre, es en el fondo un resurgir de lo Mismo.

Eso quiere decir que el generismo hoy en día se ha convertido en una nueva religion fanática pero sin Dios. Los lobbies panfeministas están queriendo reconstruir la realidad según sus fraternidades fantasmáticas.

De manera bastante superficial, o sea si nos interesamos únicamente en el aspecto factual y exterior, podríamos llegar así a una idea de base. En primer lugar, un hombre (o una mujer) se ataca a una mujer (ella misma u otra) porque ésta es la participante que, estructuralmente, atrae mas hacia sí misma el masoquismo producido en una pareja patológica que el otro. En segundo lugar, un hombre (o una mujer en el papel de hombre) se ataca a una mujer porque él es el participante que, estructuralmente, conlleva más en sí mismo el sadismo producido en una pareja patológica. Pero decir esto, aunque es real, no es suficiente. Representa sólo un nivel de explicación entre otros.

Porque las mujeres, claramente en el papel de mujeres, pueden atacar también a un hombre sin estar forzosamente inducidas únicamente por el masoquismo. Claro está, el sadismo no es siempre masculino pues lo hay femenino. Así como hay un claro masoquismo masculino sobre el cual puede reinar una mujer muy particular por su poder pasional casi totalitario.
Es de este real de lo vivido entre hombre y mujer que surge en el sur del Perú, hacia 1920, un vals como Ódiame, según el cual la violencia del amor pasional —que puede ser tanto la del hombre como la de la mujer– conlleva a un odio más allá de la indiferencia y del olvido. Pues el sufrimiento marca de manera indeleble al sujeto aportando una plus-valía a su experiencia amorosa, de tal modo que un hombre puede implorar a una mujer de autoridad pasional así:

Ódiame por piedad, yo te lo pido…
¡Ódiame sin medida ni clemencia!
Odio quiero más que indiferencia
porque el rencor hiere menos que el olvido.

Si tú me odias, quedaré yo convencido
de que me amaste, mujer, con insistencia.
Pero ten presente, de acuerdo a la experiencia,
que tan sólo se odia lo querido.

O sea, esto querría decir:  ¡cuanto más me odias, más me quieres y más te quiero! (Barreto, 1920).

4eme-homme-1983-01-gDe ahí viene el hecho, por ejemplo, que en casos de amor-pasión en umbrales ya perversos de sadomasoquismo extremo, la tendencia al suicidio es más presente en los hombres que en las mujeres. Más precisamente y estadísticamente hablando, el suicidio en los hombres es casi el doble que el de las mujeres («¿Por qué los hombres se suicidan más que las mujeres?», BBC, 2016). En efecto, los hombres son igualmente más propensos a la violencia sensible y factual contra sí mismos. Así, por ejemplo, los hombres cometen menos tentativas de suicidio que las mujeres pero, cuando lo hacen son más eficaces en matarse, porque lo hacen de manera más violenta, generando por eso mismo menos posibilidades de salvarse. En el lado opuesto, las mujeres se suicidan menos pero cometen muchísimas más tentativas de suicidio que los hombres, lo que significa que ellas lo hacen más como un llamado, como una advertencia o como un chantaje (Le Suicide selon les sexes, Arce Ross, 2013).

Aunque los casos de crímenes pasionales son más frecuentes en los hombres como autores en contra de las mujeres. Por ejemplo, en Argentina, el 78% de los crímenes caracterizados como pasionales son cometidos por los hombres contra las mujeres (Taus, 2014). Claro está, el acto criminal o violento aparente y sensible se encuentra más frecuentemente como autoría del hombre. Pero ese es sólo un aspecto de la violencia presente en la pareja patológica. El autor material no es el único en causa en el crimen. Muchas veces hay también un agente intelectual o un autor emocional atrás del pasaje al acto.

topelementInversamente, la violencia sutil, pasiva, implícita, inducida y manipuladora se encuentra más frecuentemente en las actitudes de las mujeres, como es el caso de la violencia doméstica, psicológica y verbal. Varios estudios muestran estas situaciones en donde las mujeres ejercen mayor violencia doméstica que los hombres: «women were slightly more likely than men to use one or more act of physical aggression and to use such acts more frequently.[…] One may ask whether it is possible to explain the considerable number of women using physical aggression toward their partners from the background of coercive male power, which is crucial to both feminist and evolutionary explanations. It is certainly a find- ing that is predicted by neither approach and at first sight is more consistent with gender-free explanations emphasizing individual differences and relationship problems (Berkowitz, 1993; Dutton, 1994, 1995; George, 1994; M. P. Johnson, 1995)» (Archer, 2000 ; cf. también: Bookwala, Frieze, Smith & Ryan, 1992). Incluso, Fiebert enfatiza clramente que «women reported the expression of as much or more violence in their relationships as men» (Fiebert, 2014).

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Como Una menos y como el Otro malo, “comoUnidad pasional”

Salvo casos excepcionales de psicopatía, como los serial killer, en general, un hombre cualquiera no ataca así nomas a una mujer desconocida. Porque, aparte de ciertos casos de piropos extremos o vulgares, no tiene ninguna razón o sentimiento de necesidad para hacerlo. Lo que se conoce bajo el término impreciso de “violencias a la mujer” se da únicamente en los casos en que hay, o ha habido, una relación afectiva de pareja, por más incipiente que sea pero que es muy particular porque explosiva, entre un hombre y una mujer o entre dos mujeres.

Por esta razón, esos casos deberían ser calificados más bien como violencias en la pareja, tanto contra la mujer como contra el hombre, y no como «violencia de género». Porque la violencia, o las agresiones, recaen de manera indiferente sobre el hombre y la mujer como blancos posibles de la agresión, aunque evidentemente de manera diferente en función de si el autor es hombre o mujer. El hombre tiene, en general, más propensión para atacar o defenderse con fuerza física, después de haber soportado durante un cierto tiempo una situación adversa. La mujer, al contrario, tiene más capacidad para sufrir sin grandes reacciones físicas, pero puede progresivamente modificar ese sufrimiento en venganza afectiva o emocional. Los celos patológicos y sus rencores vengativos son un ejemplo. Los odios que acompañan los amores excesivos y pasionales, en general alimentados y encuadrados por mujeres, son otro ejemplo. Como también los hay en casos en donde la tendencia erotómana de Una menos proyecta en un hombre cualquiera la imagen del Otro malo. De hecho, la mujer sabe más que el hombre cómo atacar de manera sutil y emocional, llevando poco a poco al otro a una situación más y más inconfortable.

Cada mujer emocionalmente frágil tiene su hombre malo. Cada Una que va a menos se busca su Otro malo. Esta mujer concibe el mundo de las relaciones hombre-mujer como si todas las mujeres fuesen esa Una menos y como si todos los hombres fuesen potencialmente ese Otro malo. La mujer emocionalmente frágil, incluso antes de comenzar su vida afectiva, ya se percibe a sí misma como víctima de un Otro malo.

¿No hemos constatado que ciertas mujeres se sienten atraídas por los hombres que parecen malos? Porque estos, siendo rebeldes, imprevisibles, arriesgados, combativos y de espíritu libre, les traen aventuras, una cierta dosis de drama, les hacen desear cosas nuevas y las tienen prendidas a una relación que en cualquier momento se puede acabar, haciéndolas soñar en un romance futuro pero sin instalarse de manera confortable y definitiva en una pareja estable. Porque se sabe que la relación estable tiene riesgos de desamor, al paso que la relación dramática con el riesgo permanente de acabarse provoca y relanza el deseo de amar. El problema es que es justamente con ese tipo de hombres que, a la larga, pueden surgir dramas reales, desastres, pasajes al acto, tragedias, si los sentimientos de amor se mezclan con las pasiones de odio y de ignorancia ; ignorancia del deseo, claro está. También, porque muchos de los hombres abusivos, vulgares o agresivos pueden esconderse bajo la piel de ese hombre malo y aventurero, pero no abusivo, que les gusta tanto a estas mujeres.

Muchos de los enlaces románticos de hoy en día evocan, como en las historias de Twilight, el fervoroso deseo de amor de la adolescente por jóvenes vampiros, misteriosos y egoístas, o sea los bad boys. Las imágenes renovadas de Drácula, los fantasmas femeninos sobre un licántropo Casanova o un hipster Don Juan que las cuenta una a una, una más, una menos, así como los sueños fugaces pero candentes con lobos o caballos salvajes, enérgicos, musculosos, agresivos, peligrosos, son representaciones de la violencia de la pulsión sexual al borde de un escalofriante riesgo de muerte. Más aún si esas pulsiones sexuales y mortales proliferan en el cauce de un amor que se inflama por el goce de una “comoUnidad” en donde Una es cada vez menos y el Otro cada vez más malo.

El problema de la violencia, o de las agresiones, comienza cuando esa mujer identificada a la Una menos y ese hombre con carácter de Otro malo —o con la imagen proyectada sobre él por ella– se empecinan en una relación que nació afectiva y emocionalmente enclenque. El empecinarse en esa comoUnidad excepcional y llena de goce pasional transforma a veces la víctima en guerrera o en justiciera, pero en una guerrera y en una justiciera de manera clandestina que actúa por intermitencia y unilateralmente, con sus propias armas y en acecho, como si fuese una terrorista del amor.

basic-instinct-2-2006-41-gElla sabe manipular y alternar los beneficios sexuales y amorosos con las discusiones y conflictos que conllevan a procesos de puniciones perversas, a pedidos humillantes e indignos de perdón así como a reconciliaciones pueriles. A tal punto que el proceso puede revertirse y ella busca entonces crear los conflictos para obtener el placer de las reconciliaciones, en donde la pareja excesiva vive, eso sí, una orgía amorosa. Y cuanto más fuerte y violento el conflicto, más fuerte y violento es el momento extático de la reconciliación.

Hombre y mujer se encierran y se encadenan con candados íntimos en una comoUnidad pasional, o emocionalmente frágil, en donde la mujer tiene en general el papel eminente de agente o de autor intelectual. En otras palabras, digamos mejor que, en muchos casos de parejas excesivas y patológicas, la mujer puede bien ser la autora emocional, la autora afectiva o la autora manipuladora, de la agresión de la cual ella misma puede ser objeto.

Pero, si el hombre, para librarse de ese sistema en circuito cerrado, entonces trata brutal y salvajemente de reducir ese terrorismo del amor se vuelve, ipso facto, en violento agresor y ella inmediatamente en una mártir. Pero el agresor se convierte forzosamente también en víctima de su acto violento porque la familia, el vecindario, los amigos, la justicia, intervienen en la pareja. Es por eso que consideramos que los crímenes pasionales y los crímenes familiares son crímenes de vínculo. Es decir, porque equivalen al homicidio-suicidio de una comoUnidad.

En el crimen de vínculo, matando al Otro amado y odiado, el sujeto lanza también una estocada radical al vínculo que los une y, por ende, a sí mismo. Lamentablemente, por ser una construcción sólo ideológica, la noción de “violencias a la mujer” no permite expresar lo que el concepto de crimen de vínculo significa, así como no contempla tampoco el hecho de que estos funcionan siempre como un suicidio de la comoUnidad. Porque el crimen de vínculo no es nunca unilateral. Su esencia misma, aunque solo comporte aparentemente el acto alter-agresivo u homicida, es en el fondo profundamente suicida. Por eso, en vez de llamarlas de “violencias a la mujer” deberíamos utilizar el término de crímenes de vinculo o incluso de suicidio de vínculo.

Gracias a esta situación bilateral de la comoUnidad pasional, la mártir puede eventualmente instrumentalizar el excedente de goce (o sea el placer en el sufrimiento) para recomponer, relanzar  y reencauzar su posición de víctima, la cual equivale a la postura escabrosa de Una menos con un Otro malo. Y ese sistema se puede repetir muchísimas veces con varios otros hombres, mientras que la mujer emocionalmente frágil va tentando llenar, con el producto emocional y afectivo de esas relaciones, lo que siempre estuvo socavado en lo más íntimo de su vida amorosa.

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Demanda recíproca de suicidio y crimen de vínculo

Una mujer como Lucha Reyes, que sufrió enormemente siendo niña —pues su familia fue muy pobre, perdió su padre siendo aún muy tierna, fue maltratada y abusada sexualmente por algunos hombres y estuvo internada durante años en instituciones de religiosas—, cantó varias canciones con letras muy violentas.
Precisamente, esas canciones se refieren a posturas psicológicamente violentas de mujeres que participan, sin rodeos, sin miedos, sin reflexión, de lo que llamamos parejas patológicas o comoUnidades pasionales. Así, por ejemplo, en la canción Propiedad privada, Lucha Reyes habla de marcar con la sangre de sus propias venas la frente de su amado por causa de celos enfermizos. Esta es la letra:

Para que sepan todas
que tú me perteneces,
con sangre de mis venas
te marcaré la frente
para que te respeten,
aún con la mirada,
y sepan que tú eres
mi propiedad privada.

Que no se atreva nadie
a mirarte con ansias,
y que conserven todas,
respetable distancia,
porque mi pobre alma,
se retuerce de celos,
y no quiero que nadie,
respire de tu aliento.

Porque siendo tu dueña,
no me importa más nada,
que verte sólo mío,
¡mi propiedad privada!

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El crimen de vínculo no es nunca unilateral. Su esencia misma, aunque sólo comporte aparentemente el acto alter-agresivo u homicida, es en el fondo profundamente suicida. Por eso, en vez de llamarlas “violencias a la mujer” o “feminicidio” deberíamos utilizar el término de “crímenes de vínculo” o incluso de “suicidio de vínculo”.

La sangre de mis venas hace referencia o a una tentativa de suicidio o a una agresión física de la mujer celosa en contra del hombre amado. En los dos casos hay representaciones violentas contra la mujer o contra el hombre cometidos por una mujer y que están vinculadas a una relación altamente celosa, pasional. Aunque todo esto puede quedar tan sólo como construcciones simbólicas, sobre todo en una canción que es una sublimación de lo pulsional, aún así, uno puede muy bien imaginar que estas representaciones abundan en la vida psíquica de esta mujer. Y que estas mociones, aunque no se realicen en actos deliberados de agresión al hombre, producen en la relación con él un ambiente propicio no sólo para los conflictos de pareja sino también para producir progresivamente en él una absorción suficiente que él las haga retornar en un acto violento. Hombre y mujer funcionan y reaccionan afectivamente, emocionalmente y recíprocamente en acto, como si pertenecieran a una misma unidad suicida, la comoUnidad pasional.

Es por ahí que se llega a una demanda de la mujer —frecuentemente implícita pero a veces explícita— de ser odiada y despreciada con todas sus fuerzas por el hombre amado, según la letra de otra canción de Lucha Reyes, Aunque me odies. Porque, por un lado, es una marca de amor inalterable aunque se marchite toda la ilusión de amor del hombre. Eso no le importa tanto a ella. Y, por otro lado, porque ella necesita de su ayuda para mitigar el remordimiento de haberlo amado de ese modo, o sea él le sirve también para el trabajo de duelo necesario. El único problema es que todo ese trabajo de duelo se hace convocando a la violencia de lo masculino.

Con todas las fuerzas que hay en tu alma, que hay en tu ser
quiero que me odies, quiero que desprecies a mi corazón 
aunque yo comprendo que yo no soy mala
pero mi querer sé que te hizo daño
que se ha marchitado toda tu ilusión

Por favor, comprende, quiero que me odies para mitigar
el remordimiento de haberte querido más y más y más,
que era imposible juntar nuestras almas, sin embargo yo

te dí mi cariño olvidando todo, olvidando a Dios

Ódiame, ódiame, ódiame, yo te lo ruego
Ódiame, ódiame, ódiame, sin compasión
Ódiame, no tengas miedo
que aunque me odies, te amará mi corazón

Como dice Ricardo Palma, en Un Marido Feroz (1835), «funestísima cosa es tener, por media naranja complementaria, mujer celosa que lo saque a uno de sus casillas, haciéndole perder los estribos del juicio y cometer una barbaridad de las gordas» (Palma, 1953). Y como cuenta otra Tradición, el amor puede acercarnos muy rápidamente a una muerte violenta cuando la pasión se inflama por imposibles, por conflictos insuperables o por la profanación de partes extranjeras. Por eso el amor puede ser, a veces, «una hoguera respecto de la cual cada palabra, cada sonrisa, cada mirada, es como una arista o un esparto lanzado en ella» (Ricardo Palma, «La Muerte de un Beso», 1953). La muerte puede así venir en dulces besos y en amargos estrépitos, por el amor de una mujer que, con su pasión, mata al amado.

La comoUnidad sexual y pasional implica así un vaivén de demandas llenas de goce y violencia que se hacen, explícita o implícitamente, los amantes: la de suicidarse juntos pero matándose recíprocamente uno al otro, lo que ocurre al mismo tiempo “suicidando” ese amor bárbaro. La comoUnidad pasional puede sólo existir cuando los dos amantes encarnan en sus existencias y en sus modos de amar, cada uno por su lado, los residuos compactos y patógenos de varias generaciones pasadas que ellos congregan en la problemática de su amor suicida. Ese proceso puede cronicizarse al punto de durar años o décadas, con disputas, conflictos, violencias, ausencias, reconciliaciones y retornos de lo mismo, hasta lograr una solución radical.

Entonces, ¿ahora no estaría claro por qué podemos considerar que las reivindicaciones ideológicas o políticas no serían la solución esperada a esos crímenes de vínculo?

De hecho, si seguimos la ideología de las marchas de Ni una menos, acabaríamos por crear nuevos tipos (nuevos géneros) de hombres y mujeres redefinidos bajo los preceptos rígidos de normalidad y de moralización híbrida que los lobbies panfeministas quieren imponer. La mujer tendría que ser mucho más que achorada, tendría que asumir algunas actitudes que presentan hoy en día los hombres. Perdería en el acto su encanto y su aura de misterio y seducción. Se “desconvertiría” en mujer, se “descontruiría” en tanto que mujer.

Por su lado, el hombre tendría que neutralizar profundamente sus pulsiones viriles para disminuir al máximo el riesgo de violencias y agresiones a las mujeres. Antiguamente compañeras o cómplices de juego y de intercambio erótico, éstas serían ahora para él adversarias sobre las cuales él tendría que desconfiar. Porque las relaciones entre hombres y mujeres estarían mediadas por la judiciarización y la penalización. En este caso la pareja, si a pesar de todo continua existiendo, se convertiría en una especie de asociación legal que tendría que respetar un programa modelo, aséptico, normalizado, así como reglas estrictas previamente estipuladas y controladas por la autoridad legal. ¿Sería esta situación nueva en las relaciones hombre-mujer —esta casi total neutralización de la heterosexualidad—, una garantía de ausencia de violencias en la pareja o, por el contrario, aportaría ella nuevas violencias y nuevas transgresiones?

[Continúa…]

German ARCE ROSS. París, agosto de 2016.

 

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